III
«Las realidades del world me afectaban como visiones, y solo como visiones, mientras que las ideas disparatadas del mundo de los sueños se tornaban, en cambio, en mi existencia cotidiana.»
— Edgar Allan Poe (Berenice)
Fue doña Remedios, la mujer de la tienda de abarrotes del caserío, quien me habló de los chaneques.
Había ido a comprar cigarros —había vuelto a fumar, como si el cuerpo, privado del objeto verdadero de su adicción, buscara sustitutos— y la encontré barriendo la banqueta de tierra frente a su negocio con una escoba de varas de palma. El atardecer caía sobre la marisma con la pesadez de un párpado enfermo, y los jejenes zumbaban en nubes alrededor de mi cabeza.
—Se le ve malo, maestro —dijo sin mirarme, como si le hablara al polvo—. Tiene los ojos de alguien que no duerme. Y tiene las manos…
Se detuvo. Miró mis manos. Yo también las miré. El residuo de lodo que aparecía cada noche se había espesado: ya no era una película translúcida sino una mancha visible, oscura, que cubría las palmas y se extendía por las muñecas, como si el barro estuviera subiendo por mis brazos con la misma lentitud con que el estero sube por la marisma.
—Es el lodo del estero —dije—. No se quita con agua.
Doña Remedios hizo un sonido con la garganta que podría haber sido risa o gruñido.
—Ese lodo no es lodo, maestro. Es marca. Mi abuela decía que los chaneques marcan a los que van a llevarse. Los marcan con el barro del estero, poquito a poco, para que el cuerpo se vaya acostumbrando a ser de abajo. Primero las manos. Luego los brazos. Y cuando la marca les llega a la cara, ya no son de aquí. Ya son del estero.
Los chaneques. Los conocía de referencia, vagamente, como el académico conoce las tradiciones orales: desde la distancia aséptica de la taxonomía folclórica. Entidades de la mitología mesoamericana, guardianes de los espacios naturales, criaturas del agua, de la cueva, del bosque, del manglar.
Se dice que pueden robar el tonalli —la fuerza vital, el alma caliente que reside en la cabeza— de quienes se adentran sin permiso en sus dominios. Se dice que adoptan la forma de lo que el extraviado más desea, que construyen un simulacro perfecto del objeto del deseo y lo usan como anzuelo, como trampa, como boca que se abre y se cierra sobre la presa con la paciencia de lo que no tiene prisa porque no tiene tiempo, porque es anterior al tiempo.
—Los chaneques se llevan el alma de la gente cuando uno se queda dormido cerca del agua —continuó doña Remedios—. Se la llevan poquito a poco, como sacándole el hilo a un costal. Y uno no se da cuenta hasta que ya no le queda nada adentro. Nomás la cáscara. Nomás el lodo.
—No hace falta ir al agua, maestro. A veces el agua viene a uno.
Esa noche soñé con Emilio. Pero el sueño tenía una textura distinta a los sueños habituales: no la cualidad difusa, fragmentaria, del sueño ordinario, sino una nitidez hiperrealista, como si alguien hubiera proyectado una película dentro de mi cráneo con un proyector de resolución sobrehumana.
Emilio estaba en mi oficina de la Facultad, sentado en la silla frente a mi escritorio, con el libro de Cavafy en las manos, y me miraba con esos ojos que yo había memorizado durante meses de acecho disfrazado de mentoría. Pero a medida que el sueño avanzaba, los rasgos de Emilio cambiaban. Los pómulos se afilaban. La piel se oscurecía un tono, dos tonos. El que estaba sentado frente a mí no era Emilio sino Isaí, con los pies descalzos cubiertos de lodo sobre la alfombra de mi oficina, y la sonrisa —esa sonrisa perfecta, copiada, excesiva— y los ojos que no parpadeaban.
Desperté con un grito que se ahogó en la humedad del aire. Me miré las manos. El lodo había subido por los antebrazos.
Los encuentros con Isaí en el estero adquirieron, a partir de entonces, una cualidad distinta. Yo lo buscaba con la misma compulsión con que antes buscaba a Emilio en los pasillos de la Facultad, pero ahora la compulsión tenía un componente nuevo: miedo. Miedo que no anulaba el deseo sino que lo potencia, como el veneno potencia ciertas sustancias al combinarse con ellas, produciendo un compuesto más letal que cualquiera de sus ingredientes por separado.
Y las anomalías se acumulaban. Un día, mientras hablábamos en la poza, un pez muerto flotó hasta la superficie del agua —un robalo con las escamas grises y los ojos blancos, la boca abierta en una mueca de asombro póstumo— y se detuvo exactamente frente a Isaí, como atraído por un imán.
Isaí lo miró, y el pez se hundió. Sin causa visible, sin movimiento del agua, sin corriente. Se hundió como si una mano lo hubiera jalado desde abajo. Isaí ni siquiera parpadeó. Y entonces recordé: Isaí nunca parpadeaba.
Otro día le pregunté de dónde venía. La pregunta era natural, inevitable, el tipo de pregunta que un hombre le hace a otro en la tercera o cuarta semana de conocerse. Y él respondió con una frase que debería haberme helado la sangre pero que mi deseo, ese editor implacable, recortó y reacomodó hasta volverla inocua:
—Vengo de aquí, maestro. Siempre he estado aquí.
No dijo «nací aquí» ni «vivo aquí». Dijo «siempre he estado aquí». Y la frase, en su boca, no tenía la imprecisión del lenguaje coloquial sino la exactitud del que describe un hecho geológico: siempre.
Ocurrió una noche de abril, cuando la luna estaba tan llena que la marisma entera brillaba con una luminosidad plateada. Yo había bebido mezcal desde el mediodía —la botella era ya no un recurso sino un órgano—, y caminé hasta el estero con la torpeza del borracho que obedece a una gravedad alterada, una fuerza que tira no hacia el centro de la tierra sino hacia el agua.
Isaí estaba sentado en la raíz donde yo solía sentarme. Me esperaba. Lo supe con la certeza del animal que reconoce la trampa pero entra de todos modos porque la trampa contiene comida y el hambre es más antigua que la precaución. Me senté a su lado. Nuestros hombros se rozaron. Su piel estaba fría. No la frescura del cuerpo que se ha bañado en agua nocturna, sino una frialdad mineral, geológica, la frialdad del lodo en la profundidad del estero donde la luz del sol no llega.
—Maestro —dijo, y su voz era más ronca que de costumbre, como si algo en su garganta se estuviera espesando—.
—¿Usted a qué vino aquí de verdad?
Extendí la mano y le toqué la cara. Le toqué la mejilla. Y la mejilla era suave, sí, pero debajo de la suavidad había algo que no era piel sino otra sustancia: una textura ligeramente granulosa, como sedimento compactado, como el lodo del estero moldeado con la forma de un rostro diseñado para ser deseado.
Lo besé. El sabor de su boca fue sal y hierro y algo más: un sabor a raíz, a madera podrida, a agua estancada. Un sabor que debería haberme repugnado pero que mi hambre, esa hambre de medio siglo, transformó en ambrosía.
Lo que siguió no lo describiré con la erudición que ha sido mi armadura toda la vida. Lo tomé ahí, sobre las raíces del mangle. Noté que Isaí no sudaba. Su cuerpo respondía a mis movimientos no con la torpeza de lo espontáneo sino con la precisión de lo ensayado, como si hubiera estudiado los movimientos en mi propia arquitectura del deseo.
Cuando terminé, yacía sobre las raíces con la respiración rota. Isaí estaba de pie, mirándome, y sus ojos reflejaban la luna con un brillo amarillo, fosforescente. Me miré las manos. El lodo les cubría ahora los dorsos, las muñecas, los antebrazos hasta el codo. La piel se fundía con el barro en una zona de transición donde ya no era posible distinguir qué era epidermis y qué era estero.
—Se está quedando, maestro. Se está quedando aquí.
Fin del Acto III
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