Josué
Yo lo hago excepcionalmente bien.»
— Sylvia Plath
Acto I
Mi madre, que pasó treinta años escuchando delirios ajenos desde un diván de cuero burdeos en la colonia Roma, solía repetir —con esa entonación que los psicoanalistas lacanianos reservan para sus verdades más afiladas— que nadie enloquece de golpe. «La psicosis», decía, y el tintineo de su cucharita de plata contra la porcelana marcaba el ritmo de la sentencia, «se construye ladrillo por ladrillo, como una casa. Y cuando adviertes que estás adentro, la puerta ha desaparecido.»
Pienso en esa frase mientras escribo esto —no importa dónde, no importa cuándo— y concluyo que se equivocaba, o se equivocaba a medias, que es la forma más peligrosa de equivocación. Sí: la casa se levanta gradualmente. Pero hay un instante preciso —tan localizable como un punto en un atlas anatómico, tan identificable como el nervio vago en una disección de cuello— en que la estructura deja de ser una casa para convertirse en uno mismo: los muros son tu propia piel, el techo es tu cráneo, y lo que golpea desde afuera no es alguien intentando rescatarte sino tú mismo queriendo salir de ti. Puedo señalar ese instante con coordenadas exactas: Sayulita, Nayarit, seis y cuarenta de la tarde de un jueves de noviembre, un hombre saliendo del Pacífico con una tabla bajo el brazo y el agua escurriéndole por el torso como si el océano no quisiera dejarlo ir.
Se llamaba Leandro.
Pero antes de Leandro hubo un anfiteatro de disección en el cuarto piso de la Facultad de Medicina, y un cadáver sobre la plancha de acero, y mis manos —estas manos que ahora ya no tiemblan, que llevan semanas quietas, y cuyo silencio debería aterrarme pero no lo hace— hundidas hasta las muñecas en la cavidad torácica de alguien que alguna vez tuvo nombre. El temblor comenzó ahí. No fue el vértigo que derriba a los estudiantes débiles en la primera sesión ni la arcada predecible ante el olor a formol; fue algo más insidioso, más profundo: una fascinación que se instaló en la base del cráneo como un zumbido constante que no se apagaba ni con alcohol ni con pastillas ni con las sesiones de terapia que intenté con un colega de mi madre, un kleiniano paternal que me miraba por encima de los lentes y decía «ajá» cada vez que yo callaba.
La terapia fue inútil porque no sabía cómo nombrar lo que me ocurría. No era morbo. No era fobia. Era la percepción repentina de un umbral: cada vez que mis dedos separaban la fascia o exponían un paquete vascular, algo en mí registraba que estaba tocando una frontera entre dos estados del ser, y que esa frontera era porosa, y que yo quería cruzarla. No hacia la muerte —no soy suicida, o no lo era entonces—, sino hacia la comprensión de lo que separa un cuerpo vivo de un cuerpo muerto, esa distancia infinitesimal que ningún atlas consigna y que ninguna lección de histología puede explicar. Empecé a ver la arquitectura de la quietud debajo de cada piel viva: en la fila del café, en el vagón del metro, en mi propia cara reflejada en el espejo del baño, la calavera asomando bajo el músculo como una promesa. Y mis manos comenzaron a temblar con una vibración finísima que ningún neurólogo supo explicar y que mi madre diagnosticó a distancia, con su eficiencia habitual, durante una cena en la que advertí su mirada fija en mis dedos incapaces de sostener los cubiertos sin repiquetear contra la porcelana.
—Te estás identificando con el objeto —dijo, sin levantar la voz, como quien constata un dato clínico—. Es peligroso. Deberías alejarte un tiempo.
Mi madre rara vez sugería una acción concreta; su fe en la omnipotencia de la palabra interpretativa era casi religiosa. Que me pidiera detenerme significaba que lo que veía en mí la asustaba lo suficiente como para romper su propia doctrina. Eso me asustó a mí también, aunque no lo admití. Le dije que sí. Pedí una licencia en la facultad. Y elegí Sayulita porque un compañero de la carrera mencionó que fuera de temporada el pueblo era tranquilo, barato, un sitio donde no pasaba nada. Necesitaba que no pasara nada. Necesitaba silencio.
Llegué en noviembre, cuando la temporada de lluvias agonizaba y el aire conservaba una densidad húmeda que se adhería a la ropa y a los pulmones como una membrana. Sayulita fuera de temporada es un organismo aletargado: las tiendas de artesanías y las escuelas de surf cierran temprano, las calles empedradas quedan vacías salvo por los perros callejeros que dormitan a la sombra de los aleros con la indiferencia absoluta de los que saben que nadie va a moverlos, y la selva que cubre los cerros circundantes parece avanzar unos centímetros cada noche, presionando contra los bordes del pueblo con la paciencia vegetal de lo que sabe que terminará devorándolo todo. Me instalé en un cuarto del hostal Casa Loma, en la calle Revolución, un edificio de muros descascarados cuyo dueño —un norteamericano mayor que se hacía llamar Mike y que hablaba un español masticado con acento de Texas— me entregó la llave sin hacer preguntas.
Los primeros días fueron una disciplina del vacío. Caminaba sin rumbo por las calles empedradas, comía en fondas donde el cocinero y yo éramos los únicos seres humanos, y pasaba horas en la playa mirando el Pacífico con la atención insomne de quien busca en el movimiento repetitivo de las olas algo que se parezca a una respuesta. Pero el océano que veía no era apacible: era una masa gris verdosa que se lanzaba contra la arena con una insistencia compulsiva, y en esa repetición —ola tras ola, rompiendo siempre en el mismo punto, retrocediendo y volviendo a embestir— reconocí una imagen de mi propia mente dando vueltas sobre sí misma, y la semejanza me causó algo que no supe si era risa o pánico. Mis manos seguían temblando. Dormía tres horas por noche. Desde el cerro que flanqueaba el pueblo, el panteón me observaba con sus cruces blancas y rosadas asomando entre la vegetación como dientes en una mandíbula verde, y cada mañana, cuando la luz lo iluminaba, tenía la impresión de que Sayulita entera no era un pueblo sino una sala de espera.
El quinto día bajé a la playa a media tarde. La luz era anaranjada, pesada, como miel derramándose sobre la arena. Había cuatro o cinco surfistas en el agua tomando las últimas olas del día, y entre ellos distinguí a uno que se movía de manera distinta: no con la técnica aprendida de los principiantes ni con la exhibición de los que buscan audiencia, sino con una naturalidad que era casi insolencia, como si el Pacífico fuera un animal domesticado que le obedecía. Cuando tomó una ola y la montó hacia la orilla, su cuerpo trazó una línea que no admitía corrección, y sentí —aquí es donde la honestidad se vuelve incómoda, pero este documento ha dejado de perseguir la comodidad hace mucho— que algo en mi pecho se contraía con la precisión de un espasmo.
Salió del agua. Caminó hacia donde yo estaba. Un hombre de unos cuarenta años que los llevaba con una insolencia similar a la de su surf: hombros anchos, cintura estrecha, la musculatura funcional de quien usa el cuerpo como instrumento y no como ornamento. No era guapo a la manera convencional; era magnético a la manera de ciertos objetos que no puedes dejar de mirar aunque no entiendas por qué. Su rostro tenía ángulos duros, mandíbula cuadrada, y unas arrugas finas alrededor de los ojos que hablaban de años bajo el sol y de sonrisas que no llegaban del todo a completarse. Llevaba cicatrices: una línea fina en el antebrazo derecho, una marca más antigua en la clavícula, callosidades en los nudillos que sugerían fracturas viejas mal curadas. Pasó a menos de dos metros de mí, y yo —que en veinticuatro años jamás había dirigido la palabra a un desconocido en una playa, que había construido mi vida entera sobre la observación cautelosa y la distancia analítica— abrí la boca y le dije algo banal sobre la ola que acababa de tomar, algo que no recuerdo y que no importa, porque las palabras fueron solo el pretexto: lo que importó fue el acto de hablar, la fractura de mi propia contención, la decisión —porque fue una decisión, no un impulso, y esa distinción me atormenta— de cruzar el espacio que nos separaba.
Se detuvo. Me miró con ojos de un verde grisáceo que no parpadeaban, una fijeza evaluadora que no era hostil sino minuciosa, como la de un cirujano calculando una incisión. Respondió que esa había sido la última ola buena del día, que el fondo se ponía pesado justo antes de las que valían la pena, como si el agua acumulara algo. Sonrió de manera asimétrica —el lado izquierdo de la boca subiendo más que el derecho— y clavó la tabla en la arena y se sentó. De cerca percibí, debajo de la sal y el neopreno, un olor que no pertenecía a la playa: algo químico, algo que compartía una molécula con el formaldehído pero no era exactamente eso, un olor liminal entre lo antiséptico y lo orgánico que mi cuerpo reconoció antes de que mi mente pudiera clasificarlo. Me presenté. Se presentó. Su mano era fría a pesar del agua tibia del Pacífico, y su apretón tenía una firmeza calibrada que denotaba una consciencia exacta de su propia fuerza.
—Nadie viene a Sayulita a descansar —dijo cuando le ofrecí mi coartada—. Vienen a esconderse o a buscar algo que no pueden buscar en otro lado.
Cuando le pregunté cuál de las dos era su caso, respondió que ya había encontrado lo suyo, y hundió los dedos en la arena con un gesto que podía ser casual o podía ser un entierro en miniatura. No pregunté a qué se dedicaba; una intuición me lo impidió, la certeza de que esa pregunta obtendría una respuesta diseñada para clausurar la conversación. En cambio le pregunté por un lugar para cenar —una invitación disfrazada que ambos reconocimos—, y me llevó a una fonda sin nombre en la calle Marlín donde pidió por los dos sin consultar el menú. Comimos. Bebimos cerveza. Habló poco: del oleaje, de las estaciones, de cómo cambia la luz en diciembre. Cada frase parecía examinada antes de ser entregada, sometida a un filtro que solo dejaba pasar lo estrictamente necesario. De sí mismo ofreció casi nada: vivía solo en una casa arriba del cerro, surfeaba cada tarde, siete años en Sayulita. Un hombre hecho de presente, sin pasado visible.
Caminamos de vuelta al hostal pasadas las once, por calles donde la música norteña se filtraba desde algún bar como sangre bajo una puerta cerrada. Nos detuvimos frente al zaguán. La luz era escasa, apenas una farola que atraía nubes de insectos, y en esa penumbra su rostro perdió definición y se convirtió en una geometría de sombras. Lo besé. No hubo vacilación ni preludio: puse la mano en su nuca —sentí los tendones bajo la piel, la apófisis mastoides, la inserción del esternocleidomastoideo, todo el vocabulario inútil con que yo convertía los cuerpos en mapas para no tener que sentirlos— y lo besé con una urgencia que me habría avergonzado si hubiera tenido espacio para la vergüenza. Hubo un instante en que su cuerpo se tensó, una resistencia breve como la de un cable antes de romperse, y luego abrió la boca y me devolvió el beso con esa precisión deliberada que yo ya empezaba a reconocer como su forma de estar en el mundo.
Lo que me desquició fue que sus manos permanecieron inmóviles a los costados mientras yo lo besaba con la mandíbula abierta y los dedos clavados en su pelo. Ese «sí» de su boca contradecía el «todavía no» del resto de su cuerpo, y la discordancia me provocó un deseo tan agudo que dolía, un deseo que mi madre habría clasificado como repetición del patrón original, pero que en ese momento no era clasificable ni analizable ni reducible a esquema: era hambre, pura y sin nombre.
Cuando nos separamos, mi respiración estaba rota y la suya intacta. Me dijo que fuera a su casa al día siguiente. Asentí. Subí a mi cuarto. Me senté en la cama sin encender la luz y me quedé mirando la pared durante un tiempo que no medí. Mis manos, que habían dejado de temblar mientras lo tocaba, habían vuelto a temblar.