Noé

Acto III

Tomé clases de surf. La decisión fue tan absurda, tan transparente en su motivación, que ni siquiera intenté disfrazarla de otra cosa. Fui a buscarlo a la playa a la mañana siguiente y le dije que quería aprender, y él me miró de arriba abajo —evaluando mi cuerpo no con deseo sino con la mirada clínica del instructor que calcula si el alumno es capaz de mantenerse en pie sobre una tabla o si terminará estrellándose contra las rocas— y dijo:

—Va a estar cabrón. No te ofendas, pero ya no estás tan joven.

—Lo sé.

—Y el mar aquí tiene su carácter. No es como Acapulco o Cancún. Aquí las olas son de verdad.

—Lo sé.

Se rascó la nuca. Sonrió con la comisura izquierda —esa media sonrisa que yo ya estaba archivando en el catálogo de sus gestos con la meticulosidad enferma del coleccionista—.

—Órale. Mañana a las siete. Trae bloqueador. Y no desayunes mucho.

Las clases comenzaron. Cada mañana, a las siete, yo bajaba a la playa con un traje de neopreno prestado que me quedaba ajustado en el vientre y holgado en los hombros —metáfora involuntaria de mi inadecuación—, y Noé me esperaba con dos tablas: una larga, de espuma, para principiantes, y la suya, más corta, de fibra de vidrio, con una calcomanía medio despegada de una marca de cera para tablas. Me enseñó primero en la arena: la posición de los pies, la distribución del peso, el movimiento de brazos para remar. Me corregía con toques breves y funcionales —una mano en el hombro para ajustar la postura, un dedo en la cadera para indicar el eje de rotación—, y cada toque era para él un acto técnico, neutro, desprovisto de la carga que yo le atribuía, y para mí era una corriente eléctrica que recorría el circuito completo de mi sistema nervioso y se acumulaba en un punto detrás del esternón donde palpitaba con la insistencia de un segundo corazón.

Después, al agua. Las primeras sesiones fueron humillantes. El mar de Sayulita, incluso en la zona de olas pequeñas donde Noé me llevaba, me trató con la indiferencia brutal de lo que no distingue entre el principiante y el experto, entre el joven y el viejo, entre el que desea y el que es deseado. Me derribó, me revolcó, me llenó la nariz y la boca de agua salada, me arrastró por el fondo arenoso con la fuerza casual de un dios que se rasca una comezón. Y cada vez que emergía, tosiendo, con los ojos ardiendo y los músculos gritando, Noé estaba ahí, flotando sobre su tabla con la calma del que vive en un elemento que no le es hostil, y me decía:

—No pelees con el agua. Déjate.

Déjate. El verbo en su forma reflexiva, que en español tiene una resonancia ambigua, a medio camino entre la rendición y la entrega, entre el abandono y la confianza. Déjate: déjate llevar, déjate caer, déjate ser arrastrado por algo más grande y más fuerte que tú y confía en que, del otro lado de la caída, hay un suelo donde ponerte de pie. Yo no confiaba. No he confiado nunca. Toda mi vida ha sido un ejercicio de control: controlar el significado, controlar la imagen, controlar el deseo, mantenerlo bajo la superficie como se mantiene bajo la superficie un cuerpo que flota boca abajo. Y ahora este muchacho, este joven dorado cuya existencia era un insulto a mi decrepitud, me pedía que me dejara. Que soltara. Que confiara.

Lo intenté. No por valentía ni por docilidad sino por la razón más abyecta de todas: porque intentarlo significaba más tiempo con él. Más mañanas en el agua, más correcciones físicas, más roces que yo atesoraba como el avaro atesora monedas, contándolas en la oscuridad de su cámara secreta. Y poco a poco —no sé si por progreso técnico genuino o porque la repetición convierte incluso lo imposible en rutina— algo cambió. No aprendí a surfear. A mi edad, con mi cuerpo, aprender a surfear habría requerido una reencarnación, no una clase. Pero aprendí a flotar. Aprendí a estar en el agua sin combatirla, a sentir la ola acercarse y dejar que mi cuerpo subiera con ella y bajara con ella, como una palabra que sube y baja en la cadencia de una frase, y en esos momentos —breves, efímeros, imposibles de retener— experimenté algo que no puedo nombrar sin recurrir al vocabulario de lo sagrado: una disolución del yo, una abolición momentánea de los límites que separan mi cuerpo del agua, mi deseo del objeto de mi deseo, mi soledad de la vastedad del mar.

Y Noé lo vio. Estoy seguro de que lo vio. No la disolución mística —eso habría requerido una sensibilidad de la que no lo creo capaz, aunque ¿quién soy yo para medir la sensibilidad de otro?— sino algo más concreto: la expresión de mi rostro al salir del agua, una expresión que debía de ser la de un hombre transformado, o al menos trastornado, y que él interpretó —traduzco su mirada, la traduzco con la única herramienta que tengo, sabiendo que la traducción es un fracaso— como algo que lo incomodó.

Comenzó a poner distancia. No abruptamente —Noé no era un hombre de gestos abruptos; todo en él tenía la gradualidad de la marea— sino con pequeños ajustes: las correcciones físicas se hicieron menos frecuentes, sustituidas por indicaciones verbales; las cervezas nocturnas se espaciaron; las conversaciones se acortaron. Y yo, que llevaba la vida entera leyendo textos y subtextos, detecté el cambio con la precisión de un sismógrafo que registra el temblor que precede al terremoto, y en lugar de retirarme —en lugar de hacer lo que la dignidad, la prudencia, la más elemental instancia de supervivencia emocional me aconsejaba— redoblé la apuesta. Fui más solícito. Más atento. Más presente. Le regalé un libro —El viejo y el mar, una edición en pasta dura que encontré en una tienda de usados en Puerto Vallarta y que le di con una naturalidad forzada que engañaría a cualquiera menos a él—. Le ofrecí ayudarlo con su inglés. Le propuse ir juntos a la Playa de los Muertos.

La Playa de los Muertos.

Debo hablar de ella, porque es allí donde todo convergió, donde la resaca me atrapó definitivamente y me arrastró mar adentro, más allá de la línea donde las olas rompen, más allá de la zona donde los pies tocan el fondo, hacia esa extensión oscura y sin referencias donde el nadador deja de ser nadador y se convierte en náufrago.

♦ ♦ ♦

La Playa de los Muertos se encuentra al sur de Sayulita, separada del pueblo por un promontorio rocoso cubierto de selva que hay que cruzar a pie por un sendero que serpentea entre la vegetación con la sinuosidad de una serpiente o de un pensamiento obsesivo. El sendero pasa por el panteón municipal —esa coincidencia toponímica que a los turistas les parece pintoresca y que a mí me pareció, desde el primer momento, ominosa—: un cementerio pequeño, atiborrado, donde las tumbas se amontonan unas sobre otras como libros en un estante demasiado estrecho, y donde las cruces de hierro y las lápidas de concreto, pintadas de colores chillones que el sol y la lluvia han ido apagando, se inclinan en ángulos diversos como borrachos que se sostienen mutuamente.

El nombre, según me explicó Noé el día que finalmente accedió a acompañarme, no tiene un origen acordado. Algunos dicen que se llama así por el cementerio. Otros, que es porque las corrientes arrastran hasta esa playa los cuerpos de los ahogados en otras partes de la costa. Otros, que es un nombre prehispánico, anterior a la Conquista, y que se refiere no a los muertos humanos sino a otra cosa, a muertos de otra naturaleza, a entidades que habitan el agua y que no están ni vivas ni muertas sino en un estado intermedio que las lenguas indígenas sí saben nombrar pero que el español, esa lengua de conquistadores y catecismos, nunca encontró cómo traducir.

—Mi abuela decía que en esa playa hay un agujero —dijo Noé mientras caminábamos por el sendero, entre helechos enormes y árboles de higuera cuyas raíces aéreas colgaban como cortinas de un escenario que nadie había montado—. Un agujero en el fondo del mar. Y que por ese agujero salen los que se fueron y entran los que se van a ir.

—¿Un agujero?

—Como un cenote, pero al revés. No es un pozo que baja, sino un pozo que sube. Que sube desde abajo del mar hasta la playa. Y dice que por las noches, cuando no hay luna, se puede ver el agua del agujero subiendo por la arena, y si te fijas bien, el agua trae cosas. Trae conchas que no son de aquí. Trae arena que no es arena sino hueso molido. Y a veces trae voces.

Lo dijo con el tono de quien repite una historia que ha escuchado tantas veces que ya no la evalúa, que ya no la cree ni la descree sino que la habita como se habita un paisaje: sin preguntarse si es real, porque la pregunta es irrelevante cuando se vive dentro de la respuesta.

Llegamos a la playa. Era pequeña —cien metros de arena dorada encerrados entre dos brazos de roca negra que se extendían hacia el mar como los cuernos de un animal agazapado—, y estaba desierta. Completamente desierta, a pesar de ser media mañana de un sábado de temporada alta, a pesar de que en Sayulita cada metro cuadrado de arena estaba ocupado por toallas, sombrillas, hieleras, cuerpos. Aquí no había nadie. El silencio era total, interrumpido sólo por el sonido de las olas, que en esta playa no rompían con el estrépito festivo de Sayulita sino con un sonido más grave, más lento, más deliberado, como el de una respiración profunda.

—Hoy no hay olas buenas —dijo Noé, mirando el mar con esa lectura instantánea que yo no poseería nunca—. Pero podemos meternos nomás a nadar.

Nos metimos. El agua estaba más fría que en Sayulita —un frío que no era desagradable sino inquietante, como si la temperatura descendiera no por causas oceanográficas sino por la presencia de algo debajo de la superficie que absorbía el calor—. Nadamos lado a lado, alejándonos de la orilla con brazadas lentas, y yo sentía, con cada metro que avanzábamos, una resistencia creciente: no física —el agua no oponía más fuerza de la habitual— sino psíquica, como si una parte de mi mente tirara hacia atrás mientras el resto del cuerpo avanzaba hacia delante, y la tensión entre ambas fuerzas generara un zumbido interno, una vibración que se instalaba en los huesos como una frecuencia que sólo yo podía oír.

Noé se detuvo. Flotaba boca arriba, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, y el sol le caía directamente sobre el rostro y el pecho, y las gotas de agua en su piel brillaban como escamas, y su cuerpo sobre la superficie del mar tenía la composición exacta —¡la composición!, el término de mi oficio anterior, el vocabulario del crítico de arte que nunca fui pero que a veces sueño que fui— de esas pinturas renacentistas donde un joven dios flota sobre las aguas primordiales, suspendido entre el cielo y el abismo, entre la creación y la disolución.

Lo miré. Lo miré con toda la acumulación de semanas de cercanía forzada y distancia autoimpuesta, con toda la presión del deseo contenido que ya no cabía dentro de mí como el agua no cabe dentro de un vaso demasiado pequeño, y algo —la resaca, el agujero, la voz que sube desde el fondo— me empujó, y nadé hacia él, y puse mi mano sobre su pecho.

Abrió los ojos.

Lo que vi en ellos no fue sorpresa. No fue rechazo. No fue asco. Fue algo que no sé traducir a ningún idioma que conozca, algo que pertenecía al mismo léxico intraducible de las lenguas que nombraban a los muertos del agua antes de que el español llegara a esta costa: un reconocimiento, una comprensión instantánea y total, como la del mar que lee al nadador y sabe exactamente qué es y qué quiere y qué puede tomar de él.

—No —dijo. Una sola sílaba. El monosílabo más limpio, más completo, más inapelable del idioma. Y apartó mi mano de su pecho con un gesto que no fue brusco sino firme, con la firmeza de quien ha apartado antes otras manos, otros cuerpos, otros deseos que llegaban hasta él arrastrados por corrientes que él no había creado.

Se incorporó en el agua. Me miró flotando ahí, con la mano todavía extendida, los dedos todavía curvados en la forma de su pecho, y dijo:

—Yo sabía. Desde el primer día sabía. No soy pendejo. Pero pensé que ibas a poder con eso. Pensé que eras de los que pueden con eso.

—No puedo —dije, y la confesión fue un alivio tan inmenso que se confundió con el dolor, como se confunden, en el agua salada, las lágrimas con el mar.

Nadó hacia la orilla. Lo seguí. Salimos del agua y nos sentamos en la arena, separados por un metro de distancia que era un abismo, un océano dentro del océano, y durante un rato largo —diez minutos, quince, una hora, no lo sé— no hablamos. El sol secó el agua de nuestras pieles y dejó sobre ellas una capa fina de sal que brillaba como escarcha, y el silencio entre nosotros tenía la densidad de las cosas dichas, no la ligereza de las cosas calladas.

Fue entonces cuando lo sentí. La resaca. No en el agua: en la arena. Una succión debajo de mis piernas, como si la playa misma estuviera respirando, inhalando, y con cada inhalación arrastrara un poco de arena hacia dentro, hacia abajo, hacia ese agujero que la abuela de Noé decía que existía debajo del mar. Miré el suelo. La arena alrededor de mis manos se movía, se desplazaba en pequeños remolinos que convergían hacia un punto a mi izquierda, y en ese punto —a medio metro de donde yo estaba sentado— la arena se hundía ligeramente, formando una depresión circular, un ombligo en la superficie de la playa que se ensanchaba con la lentitud de una pupila que se dilata en la oscuridad.

—¿Ves eso? —pregunté, pero Noé no miraba la arena. Miraba el mar. Y su expresión era la que yo le había visto cuando leía las olas: concentrada, alerta, midiendo algo que yo no podía medir.

—Tenemos que irnos —dijo.

—¿Por qué?

—Porque la marea está subiendo y aquí la resaca, cuando sube la marea, te lleva.

Se levantó. Me tendió la mano para ayudarme a ponerme de pie, y cuando la tomé, su mano estaba fría. No la frialdad del agua recién abandonada sino una frialdad más profunda, más orgánica, la frialdad de algo que ha estado sumergido mucho tiempo, demasiado tiempo, y que conserva en la piel la temperatura del fondo.

Caminamos de regreso por el sendero. Al pasar por el panteón, miré las tumbas, y en una de ellas —una lápida de concreto pintada de azul celeste, descascarada, con una fotografía ovalada empotrada en la superficie— vi un rostro. La fotografía estaba descolorida por el sol y la lluvia, y el rostro era apenas reconocible, pero la estructura ósea, la forma de los ojos, la curvatura de los labios, eran las de Noé. No idénticas, pero lo suficientemente similares para que la coincidencia perforara mi atención como un clavo perfora la madera. Debajo de la foto, un nombre y dos fechas. El nombre no lo registré. Las fechas sí: nacimiento, 1979; muerte, 2001. Veintiún años. Un joven muerto a los veintiún años, con el rostro de Noé o con un rostro del que el de Noé era un eco, una variación, una traducción.

—¿Quién es? —pregunté, señalando la tumba, pero Noé ya había pasado de largo, y cuando lo alcancé al otro lado del panteón, no repetí la pregunta, porque algo en su espalda —la tensión de los músculos a lo largo de la columna, la rigidez de los hombros, la inclinación de la cabeza— me dijo que no era una pregunta que él quisiera responder.

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