Terror Nefando: Nayarit
Existe una geografía que no aparece en las guías turísticas ni en las postales de atardeceres dorados. Es una cartografía sombría que se oculta bajo la exuberancia del trópico, hecha de la humedad que se mastica en los manglares de San Blas, del viento que silba en las barrancas de Jesús María y del fuego que late, en un silencio de milenios, bajo el asfalto de Tepic.
Durante años me he dedicado a recolectar historias que muchos prefieren olvidar. He escuchado el tañido de piedras que no deberían sonar y he rastreado huellas de pies descalzos que se pierden en el lodo. Esta antología no es solo ficción; es una disección de la culpa y ese horror antiguo que nos observa desde el fondo del Pacífico o desde la oscuridad de una marisma. Aquí, el relato se vuelve el sabor salado del mar en la garganta y el aroma a vegetación podrida que se pega a la ropa; son los sentidos de aquellos que no solo vieron lo macabro, sino que fueron devorados por ello.
Cada relato está marcado por una sentencia: un recordatorio de que la voluntad humana es una estructura frágil frente a la fuerza de lo elemental. En estas páginas resuena el eco de Catulo: Odi et amo; el odio y el amor trenzados en una misma fibra que nos tortura hasta el tuétano. Es el reconocimiento de que, como escribió Poe: «el hombre no se rinde a los ángeles, ni del todo a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad».
Descubrirás que nadie enloquece de golpe; que la psicosis se construye ladrillo a ladrillo, como una casa, hasta que la puerta desaparece y el muro es tu propia piel. Entenderás que «la mar escoge» y que su elección transmuta; se escucha en el tañido de una piedra cuando las olas la azotan eternamente en penitencia.
Bienvenido a este recorrido de las sombras: la red implacable de los hombres perversos que buscan la «enfermedad perfecta» y la justicia atávica de los seres que habitan el barro de los esteros.
Pasa, pero ten cuidado: en Nayarit, la tierra que pisas también te reclama. Porque al final, cuando la marea sube y el volcán despierta, el barro no lee… el barro solo devora.