Darío
Acto I
Que nadie venga a buscar en estas páginas la historia de un hombre malvado, porque los hombres malvados duermen, y yo hace años que no duermo. Lo que encontrará quien lea esto —si es que alguien lo lee, si es que alguien se atreve a acercarse a las rocas de la Campana sin que el sonido lo devuelva corriendo— es la confesión de un cobarde. No de un asesino, aunque el mundo que me juzgó prefirió esa palabra. De un cobarde. Hay una diferencia, y esa diferencia es el único territorio que me queda, la única franja de tierra firme entre lo que fui y lo que soy ahora, que ya no es nada que tenga nombre en ningún idioma de los vivos. Me llamo Darío Elizondo Palafox. Tenía treinta y cinco años cuando Héctor llegó a Santa Cruz de Miramar, y tenía una esposa que se llamaba Consuelo, y tres hijos varones cuyos nombres pronuncio aquí por última vez —Rodrigo, Samuel, Beto— no porque merezcan ser invocados en este documento de vergüenza, sino porque si existe algún mundo donde las palabras escritas pesen algo, quiero que sepan que los amé. Que los quise con la parte de mí que era capaz de querer sin destruir. Que mi traición no fue contra ellos, aunque ellos fueron los que la pagaron.
Pero empecemos por el principio. Empecemos por la mañana de mayo en que un muchacho se paró en la entrada de mi terreno, con las manos en los bolsillos de un short de manta blanca y una expresión en el rostro que no era exactamente humildad pero se le parecía lo suficiente, y me dijo que había bajado de la sierra y que buscaba trabajo, y que sabía de siembra y de pesca y de lo que fuera necesario, y que no pedía mucho. Yo estaba reparando el cercado del costado norte, el que el viento de la semana anterior había doblegado como si fuera papel. Tenía las manos llenas de alambre y los pies llenos de lodo y una resaca suave que me hacía ver el mundo con esa calidad extraña de las mañanas en que uno no está del todo dentro de su propio cuerpo.
El muchacho era alto. Eso fue lo primero. Más alto de lo que uno espera en estos rumbos, donde los hombres tendemos a ser más anchos que altos, tallados por el trabajo y el sol en una forma compacta y densa. Él era otra cosa: largo, esbelto, con una proporción en los hombros y en las caderas que lo hacía parecer una figura sacada de algún libro de arte que yo nunca habría tenido en mis manos si no fuera porque Consuelo había heredado una enciclopedia ilustrada de sus padres, y en uno de sus volúmenes había una reproducción en sepia de una estatua griega que yo pasaba rápido cuando llegaba a esa página, con esa prisa que uno tiene cuando sabe que puede quemarse.
—Me llamo Héctor —dijo. Le pregunté de dónde. Me dijo de la sierra, de un lugar cuyo nombre pronunció en voz tan baja que el viento del mar se lo llevó antes de que pudiera alcanzarlo. Le pregunté si conocía a alguien en el pueblo. Dijo que no. Le pregunté qué lo había traído hasta acá. Me miró. Sus ojos eran de un café tan oscuro que parecían no tener fondo, y en ese momento —en ese preciso momento, lo juro ante lo que sea que quede de mi alma— sentí algo que no sabía que podía sentir: una caída. No hacia abajo sino hacia adentro, como si el suelo de mi pecho cediera y yo descendiera por un pozo que llevaba décadas tapado con la argamasa de todo lo que había decidido no ser. —La mar —respondió, con esa lentitud suya que convertía las palabras en algo parecido al canto—. Quería ver la mar. Lo contraté esa misma mañana. Le ofreció un jornal justo y el uso del cuarto de herramientas, que tenía un catre y un ventilador y acceso al baño exterior.
Consuelo me preguntó por la noche, mientras desgranaba el maíz en la cocina, si el muchacho parecía de fiar. Le dije que sí. No me preguntó más. Consuelo tenía esa cualidad que con los años yo había confundido con resignación y que en realidad era algo más complicado: una percepción tan fina que prefería no ejercerla demasiado, como quien tiene vista de águila y elige caminar con los ojos entrecerrados porque el mundo que ve con demasiada claridad es un mundo que duele.
Los primeros días Héctor trabajó. Trabajó bien, sin quejas, en silencio. Reparó el cercado en la mitad del tiempo que me habría tomado a mí. Limpió el canal de riego que llevaba dos temporadas azolvado. Cargó costales con una ligereza que a los otros peones les arrancaba muecas de esfuerzo y a él parecía no costarle nada, como si el peso fuera una cualidad del mundo que simplemente no lo tocaba. Yo lo observaba. Me decía a mí mismo que lo observaba para evaluar su trabajo, para asegurarme de que la inversión valía. Mentira. Lo observaba porque no podía no observarlo. Porque cuando él se doblaba sobre el canal y el sol le golpeaba la espalda y los músculos se movían bajo esa piel morena, algo en mi interior ejecutaba una operación que no tenía nombre, un reajuste en silencio y en secreto, como las grietas que el agua abre en la piedra: invisibles hasta que la piedra cae.
El sexto día me acerqué a él con un pretexto. Le llevé agua. Una jarra de agua de jamaica que Consuelo había preparado para el mediodía. Se limpió las manos en el short antes de recibirla y bebió de un largo trago, y cuando terminó pasó el dorso de la muñeca por su boca y me devolvió la jarra y dijo: —Gracias, patrón. No me gustó esa palabra. Patrón. La oí como una distancia que yo no quería. —Darío —dije—. Nada más Darío. Me miró con esa media sonrisa que aprendería a temer y a desear en igual medida. —Darío —repitió. Y en su boca mi nombre sonó como si lo estuviera estrenando. Como si hasta ese momento hubiera existido solo en borrador y él lo estuviera pronunciando por primera vez en su forma definitiva.
Esa noche, en la cama junto a Consuelo dormida, permanecí boca arriba con los ojos abiertos hasta que el gallo del vecino anunció el amanecer, escuchando el mar —ese pulso perpetuo que en Santa Cruz de Miramar es tan constante que uno deja de oírlo, como deja de oír su propio corazón, hasta que algo lo interrumpe y uno de pronto es consciente de que ha estado latiendo todo el tiempo— y preguntándome, con una claridad que era casi científica, qué clase de hombre era yo. La respuesta la conocía. La había conocido siempre. Y siempre la había cubierto con cal, como se cubren las paredes húmedas: para que no se vea el daño, no para que el daño desaparezca.
Fue él quien habló primero de la Campana. Llevaba dos semanas en el terreno cuando una tarde, al terminar la jornada, me lo encontré en el porche trasero mirando hacia el sur, hacia donde la playa se angostaba y las rocas comenzaban y el cerro caía al mar. El sol estaba bajando y el cielo tenía ese color de herida que tiene en septiembre, antes de que las nubes de la noche lleguen a cubrirlo. —¿Usté conoce la Piedra de la Campana? —preguntó sin voltearse. Me detuve. Algo en la pregunta me pareció que venía de más lejos de lo que debía venir. —Todos la conocen —dije—. Aquí no hay quien no la conozca. —¿Y el sonido? —¿Qué sonido? Se volvió hacia mí entonces, y la luz del ocaso lo golpeó de frente y tuve que hacer un esfuerzo para no apartar la vista.
—El tañido —dijo—. Cuando las olas la golpean y la roca suena. ¿Lo ha oído? —Toda la vida —admití—. Desde chico. Asintió despacio. Luego dijo algo que debí haber tomado como advertencia y que tomé como invitación: —Me gustaría verla. Ir hasta allá, más allá de la Boca, donde están las rocas. ¿Hay paso? —Con la marea baja sí. Pero hay que saber por dónde. —¿Usté sabe?
Lo sabía. De niño había cruzado esas rocas decenas de veces, conocía cada saliente y cada trampa, sabía cuándo el agua dejaba libre el paso y cuándo la Campana quedaba aislada por la marea como un altar en medio de un río. Lo sabía con esa intimidad que uno tiene con los lugares que ha amado en secreto, los lugares a los que ha ido solo, los lugares que se vuelven depositarios de las cosas que uno no puede decir en ninguna otra parte. —Sé —dije. —¿Me lleva? Y yo, que durante treinta y cinco años había tomado cada decisión de mi vida con el cuidado del que sabe que el mundo lo vigila, dije que sí.
Fuimos el domingo siguiente, con la marea baja de la tarde. Cruzamos la Boca donde el río apenas nos llegaba a la rodilla, con el agua dulce fría y el olor a tierra mojada que baja de la sierra mezclándose con la sal del Pacífico. La playa se angostaba después de la Boca, y la selva baja descendía hasta casi tocar la arena, y los pájaros hacían un escándalo en las ramas cargadas de humedad. Héctor caminaba descalzo, como siempre, y yo noté la forma en que sus pies encontraban el suelo, con una certeza que no era la de alguien que aprende un camino sino la de alguien que recuerda uno.
Cuando la playa terminó y comenzaron las rocas, me puse al frente. Las rocas negras, cubiertas de percebes y de algas que las volvían traicioneras, se extendían hasta donde el cerro caía al mar y el paso desaparecía. Había que elegir bien: el camino de las rocas medias, evitando las que el agua dejaba más lisas, apoyándose en los filos que los percebes hacían rugosos. Lo hice con la memoria del cuerpo, sin pensar, y Héctor me siguió pisando exactamente donde yo pisaba, con una confianza que me pesó en el pecho de una manera que no supe cómo nombrar.
La Piedra de la Campana apareció cuando doblamos el saliente del acantilado. A treinta metros, cuarenta quizá, dentro del mar que en esa hora de marea baja la rodeaba con una calma engañosa. Seis metros de roca oscura, cónica, con una superficie que el tiempo y la sal habían labrado en una textura áspera. Imposible saber qué cavidad interior producía aquel sonido: solo se oía cuando las olas rompían en su base, y entonces el tañido emergía —profundo, resonante, más sentido en el esternón que escuchado con los oídos— como si la roca fuera en efecto una campana y el mar su badajo.
Héctor se quedó quieto durante un tiempo largo. El viento le movía el pelo. Las olas rompían en la Campana y el tañido llegaba hasta nosotros y yo veía cómo el sonido lo afectaba, cómo algo en su cuerpo respondía a él, una tensión sutil en los hombros, un ligero vuelco de la mandíbula hacia arriba, como el que uno hace cuando escucha una música que reconoce de algún lugar que no puede precisar. —¿Qué siente cuando la oye? —me preguntó. Estaba a menos de un metro de mí. El sol nos bañaba y el agua del Pacífico salpicaba las rocas donde estábamos de pie y yo sentía el calor de su presencia como una segunda fuente de calor distinta al sol, más inmediata, más peligrosa.
Estuve a punto de mentir. Era lo que hacía: mentir, siempre, con la facilidad de quien ha practicado tanto que ya no distingue el acto de la mentira del acto de respirar. Pero algo —el sonido de la Campana, quizá, ese tañido que vibra en el pecho y afloja lo que estaba apretado— me impidió hacerlo. —Que hay algo acá adentro —dije, y llevé la mano a mi propio pecho—. Que ha estado adentro mucho tiempo. Que el sonido lo mueve. Héctor me miró. Sin la media sonrisa. Sin la leve inclinación de cabeza que usaba cuando le divertía algo. Me miró con una seriedad total, con esos ojos sin fondo, y en su mirada había algo que era el espejo exacto de lo que acababa de describir: algo que lleva tiempo dentro, algo que el sonido mueve. —Pos sí —dijo en voz baja. Y eso fue todo.
Nos quedamos hasta que el crepúsculo empezó a teñir el cielo y la marea comenzó a subir. Al pie del acantilado, donde la pared de roca se había curvado por siglos de erosión, había una concavidad, una cueva pequeña de no más de dos metros de fondo, suficiente para resguardarse de la lluvia o del sol o de las miradas que pudieran bajar desde el cerro. Héctor se asomó. —Esto no lo abre ninguna agua —dijo. —La marea alta llega hasta allá —le indiqué, señalando una línea de algas secas en la pared—. Pero con la marea baja está seca. —¿Sabe desde cuándo está? —Siempre ha estado. Mi padre me traía aquí cuando era chico. Su padre a él.
Héctor pasó la mano por la pared de la cueva. Sus dedos dejaron un rastro en la roca húmeda. —Un buen lugar para estar solo —dijo. —Sí —respondí. Y ambos sabíamos, aunque ninguno lo dijera, que no estábamos hablando de estar solo.