Acto II
El primer beso ocurrió tres semanas después de aquel domingo, dentro de la cueva de la Campana, con la marea baja y la luz de la tarde entrando de lado y haciendo que el interior de la roca pareciera el interior de un ámbar: dorado, espeso, detenido. Héctor había dejado caer su mano sobre la mía sin previo aviso, sin el menor gesto de preparación, y yo me había quedado inmóvil durante un tiempo que pudo haber sido un segundo o pudo haber sido media vida, sintiendo el peso de esos dedos sobre mis nudillos, sintiendo cómo mi mano decidía, por su cuenta y sin consultar el resto de mí, darse vuelta y corresponder.
Me besó. O me besé con él. La distinción no existe en el recuerdo porque en el momento en que ocurrió todas las distinciones desaparecieron, todas las fronteras que treinta y cinco años de vida habían construido con material de miedo y de vergüenza se disolvieron de golpe, sin aspaviento, como la lluvia de octubre disuelve el camino de tierra.
Su boca sabía a sal. Su mano, que había subido a mi mandíbula para sostener mi cara, estaba caliente como la roca al mediodía. Y yo, que nunca había besado a un hombre, descubrí que mi cuerpo sabía exactamente qué hacer, que había sabido siempre, que toda la torpeza que yo atribuía a la inexperiencia era en realidad la torpeza de haber pasado la vida entera actuando en contra de la propia naturaleza.
Cuando nos separamos, mi respiración era la de alguien que ha corrido. La de él era serena, perfectamente controlada, como si acabara de beberse un vaso de agua.
—Desde el primer día —dijo.
No era una pregunta. No necesité responderla. Pero respondí de todas formas, porque treinta y cinco años de silencio tienen una presión acumulada que, cuando encuentra una salida, no es un goteo sino una ruptura. —Desde el primer día —confirmé.
Y él sonrió, y su sonrisa dentro de la cueva ámbar con el tañido de la Campana resonando afuera era la cosa más hermosa y más aterradora que había visto en mi vida, y lo supe en ese momento, lo supe con la certeza de quien ve el borde del precipicio: que aquello iba a destruirme. Que yo iba a dejar que lo hiciera de todas formas.
Lo que siguió pertenece al orden de las cosas que el lenguaje apenas alcanza, y que sin embargo debo intentar describir porque si no las describo se quedan flotando en mí como el humo de un incendio que ya no tiene fuego, oscureciendo todo sin iluminar nada. Volvimos a la cueva de la Campana cada vez que la marea y la jornada y la presencia o ausencia de Consuelo lo permitían. Que era más seguido de lo que debía ser posible: dos o tres veces por semana, a veces con una semana de por medio que se me hacía larga como un año, a veces con apenas dos días de distancia que de todas formas me parecían insoportables. Héctor nunca me presionaba. No necesitaba hacerlo. Yo llegaba, siempre, con el pretexto de revisar el lindero sur del terreno o de inspeccionar el estado del manglar después de las lluvias, y él estaba allí, en las rocas o dentro del agua, moviéndose con esa soltura suya que hacía que el mar pareciera un espacio diseñado para su cuerpo.
La segunda vez que nos encontramos en la cueva, sus manos encontraron el camino debajo de mi camisa con una lentitud deliberada que era una forma de pregunta, y yo respondí arqueándome hacia él porque mi cuerpo había aprendido en el primer beso un vocabulario que la mente tardó en reconocer y que una vez reconocido no podía olvidar. Recorría su espalda con las palmas y sentía los músculos bajo la piel, la columna como un río de piedra caliente, los omóplatos que se movían cuando él me rodeaba con los brazos. Aprendí su cuerpo deprisa, con hambre, sin el lujo de ser metódico.
La tercera vez me tendí sobre él en la arena oscura de la cueva, con el sonido del mar cerrando el mundo afuera, y la sensación de su cuerpo debajo del mío —el calor que emanaba como si tuviera brasas en lugar de sangre, la firmeza de cada superficie, la manera en que sus manos me guiaban sin urgencia pero sin vacilación— me hizo entender que no había ninguna versión de mí mismo que pudiera existir separada de eso. Que lo que yo había sido durante treinta y cinco años era un ensayo mal escrito de una obra que acababa de leer por primera vez en su versión verdadera.
Me murmuró cosas. Con esa voz suya de cadencia lenta, de vocales largas, de español que tenía el sabor de otro tiempo. Me decía «quédate queto» cuando yo temblaba, y «no le saque» cuando el placer se volvía tan intenso que mi cuerpo quería retroceder, y «ansina, mero ansina» cuando encontraba el ritmo que me deshacía. Y yo me quedaba quieto, y no le sacaba, y lo seguía en cada dirección que sus manos y su boca me señalaban, porque era el único lugar en el mundo donde yo no mentía.
Afuera, la Piedra de la Campana recibía el oleaje y tañía. Ese sonido grave que vibraba en la roca de la cueva, que vibraba en nuestros cuerpos tendidos sobre la arena húmeda, que parecía no un sonido exterior sino el latido de algo que habitaba debajo del suelo del mar, algo antiguo y sin nombre que aprobaba o atestiguaba o simplemente observaba con la indiferencia de lo eterno.
Después de esas tardes, cuando la marea empieza a subir y había que regresar por las rocas antes de que el paso se cerrara, Héctor me miraba de una manera que yo no sabía cómo recibir. No era la mirada del amante satisfecho. Era algo más serio. Una mirada de reconocimiento total, como la de alguien que ve a otra persona sin ninguna de sus capas y dice, sin palabras: te veo. Estás aquí. Existes. Nadie me había mirado así en treinta y cinco años. Quizás nadie me había mirado así nunca.
Y yo, que debía haber recibido eso como el regalo que era, lo recibí como un peso. Porque lo que Héctor veía era exactamente lo que yo había pasado la vida entera escondiéndole al mundo, y ser visto completamente por alguien cuando uno ha vivido en el escondite es una experiencia que se parece tanto al alivio como al terror, y yo no sabía distinguir entre los dos.
—Héctor —le dije una tarde, tendido a su lado en la cueva, con la cabeza apoyada en el hueco de su hombro y el tañido llegando desde afuera con la regularidad de un corazón—. Nadie puede saber. No me respondió de inmediato. Sentí cómo su pecho se expandía y se contraía con una respiración lenta. —Ya lo sé —dijo al fin. —Es que acá la gente… —Ya lo sé, Darío. Pero en su voz había algo que no era acuerdo. Era aceptación: el aceptar resignado de quien entiende las condiciones pero no las considera justas. Y yo lo oí, ese matiz, y lo registré, y lo ignoré con la eficiencia de quien ha pasado la vida ignorando exactamente las cosas que más importan.
Los meses que siguieron tuvieron la estructura de una doble vida. En la casa era el hombre de siempre: el esposo de Consuelo, el padre de Rodrigo, de Samuel, de Beto, el propietario de las tierras, el conocido de todos, el hombre sin secretos. En las rocas de la Campana era otra cosa. Era, por primera vez, yo.
El pueblo no parecía sospechar. O eso me decía. Los hombres del pueblo veían a Héctor y lo trataban con esa distancia cautelosa que la gente de Santa Cruz guarda para los que vienen de fuera, los que no tienen familia conocida, los que no tienen historia verificable. Algunos lo saludaban. La mayoría pasaba junto a él sin mirarlo. Lo cual me convenía. Lo cual me decía a mí mismo que era una circunstancia afortunada y no un síntoma de algo que debería inquietarme.
Héctor no se quejaba de esa soledad. Nunca se quejó de nada. Trabajaba, pescaba —y pescaba de una manera que yo no terminaba de comprender, sacando del agua peces que otros perseguían durante horas, sumergiéndose durante lapsos que me obligaban a contar mentalmente los segundos con una ansiedad que intentaba disimular—, y esperaba. Esperaba.
Una sola vez me preguntó por el futuro. Fue una noche de diciembre, dentro de la cueva con el mar encrespado afuera y el tañido de la Campana más frecuente y más urgente de lo habitual, como si la tormenta lo acelerara. —¿Qué va a pasar con nosotros? —preguntó. En la voz no había reproche ni exigencia: solo la pregunta desnuda, limpia, terrible en su simplicidad.
Yo debería haber respondido la verdad. La verdad era: nada. Que no podía pasar nada. Que yo tenía una esposa y tres hijos y un nombre en un pueblo donde los nombres son la única moneda que vale, y que lo que teníamos en aquella cueva era todo lo que podíamos tener, y que yo no iba a renunciar a mi vida por él, y que esa cobardía me avergonzaba y me consumía y que sin embargo era más fuerte que yo, más fuerte que el deseo, más fuerte que lo que sentía por él, que era la cosa más real que había sentido en toda mi existencia. No dije nada de eso. —No sé —dije, que era la mentira más cobarde de todas porque tenía la forma de la honestidad.
Héctor asintió. Me besó en la frente, suave, como se besa a alguien a quien se le tiene una ternura mezclada con lástima. Y no preguntó más. Debí haberlo dejado ir entonces. Debí haberle pagado el jornal y haberle dado las gracias y haberle dicho que el trabajo había terminado y que sería mejor que buscara otro lugar. Lo habría salvado. Nos habría salvado a los dos. Pero la cobardía no opera en una sola dirección: me impedía tanto confesarme como renunciar. Me tenía exactamente en el centro de dos terrores iguales, paralizado, esperando que alguna fuerza exterior resolviera lo que yo era incapaz de resolver.
La fuerza exterior, cuando llegó, no tuvo la forma de ningún aviso ni de ninguna gracia. Tuvo la forma de tres hombres con linternas en las rocas de la Campana.