Acto III
Era una noche de enero, entrada la madrugada. Habíamos llegado a la cueva más tarde de lo habitual porque yo había esperado a que Consuelo se durmiera, y su sueño esa noche había sido esquivo, y yo había permanecido en la oscuridad del cuarto escuchando su respiración irregularse y regularizarse durante lo que me parecieron horas antes de poder levantarme sin ruido y salir por la puerta trasera. La luna estaba llena o casi llena, lo cual era un riesgo que debería haberme disuadido y que ignoré porque llevar semanas sin ver a Héctor me había dejado en un estado de privación que ya no procesaba el riesgo como información útil sino como un obstáculo irrelevante entre mí y lo que necesitaba.
Cruzamos la Boca. Cruzamos las rocas. Entramos en la cueva con la marea suficientemente baja para que el paso estuviera libre y para que el interior de la cueva estuviera seco. Y allí, con la luna llena derramándose desde afuera y la Piedra de la Campana tañendo con cada ola con un sonido que esa noche tenía algo diferente, algo más urgente, como una advertencia que ninguno de los dos escuchamos, nos amamos con una intensidad que sabía a despedida aunque ninguno de los dos lo supiera todavía.
Héctor estaba sobre mí y su frente estaba contra la mía y nuestros alientos se mezclaban en el espacio mínimo entre nuestras bocas y yo tenía los ojos cerrados y sus manos me sostenían la cara y su peso sobre mí era la única cosa en el mundo que me hacía sentir que el mundo valía la pena, y la Campana tañía, y el mar rugía afuera, y yo había dejado de existir como Darío Elizondo Palafox para existir como algo sin nombre y sin historia que solo era piel y calor y verdad—
Y entonces llegó la luz.
No una. Tres. Tres linternas entrando desde el borde de la cueva, tres haces de luz que nos encontraron exactamente en lo que éramos, sin posibilidad de error ni de interpretación: dos hombres, uno sobre el otro, en la oscuridad de las rocas.
Las voces llegaron después de la luz. Reconocí todas. Don Porfirio Miramontes, que era pescador y catequista y que con su voz de predicador había repartido estampas de santos en las posadas desde que yo era niño. Lucio Gastélum, cuyo padre había trabajado las mismas tierras que mi padre antes de que la parcela se dividiera. Y el tercero —el tercero cuya voz llegó más aguda y más asqueada que las demás, el tercero que dijo «eso es lo que me imaginaba» con un asco que tenía en su núcleo la satisfacción del que ha estado buscando exactamente eso— era mi cuñado. El hermano de Consuelo. Rubén.
No recuerdo con exactitud lo que ocurrió en los siguientes minutos. El recuerdo está roto, lleno de cortes, como un espejo que alguien ha golpeado: fragmentos que no forman imagen completa. Me recuerdo poniéndome de pie de un salto, tropezando con la pared de la cueva. Recuerdo el sonido de las voces, los insultos que no repetiré porque pertenecen al vocabulario de la infamia y porque escucharlos era como recibir golpes físicos. Recuerdo que Héctor se había levantado también y estaba de pie frente a mí, entre los tres hombres y yo, con una calma que en ese momento me pareció incomprensible y que ahora entiendo: era la calma del que ya no tiene nada que perder porque nunca tuvo nada que los otros pudieran quitarle.
Recuerdo que Rubén se dirigió a mí directamente. Que me dijo que tenía que elegir. Esa palabra: elegir. Como si hubiera una elección que no me destruyera de una u otra manera. Me dijo que si yo hablaba primero, si yo era el que explicaba lo ocurrido, si yo era el que señalaba a Héctor como el origen de todo —«el que te anduvo tentando», dijo, con esa formulación que convertía la responsabilidad en una dirección de un solo sentido—, entonces la cosa podía manejarse. Que mi familia no tenía que saber. Que el pueblo no tenía que saber. Que había formas de resolver estas cosas sin que salieran al sol.
Y yo oí eso y en algún lugar muy hondo de mí —en algún lugar que ya entonces sentía como una traición de proporciones que no podía medir— supe lo que significaba. Supe lo que me estaban pidiendo. Supe lo que le estaban pidiendo que le hiciera a Héctor. Y no dije nada. No dije nada durante el tiempo suficiente para que mi silencio fuera una respuesta.
Héctor me miró. No me miró con odio. Eso es lo que me persigue, lo que me ha perseguido cada noche de cada año desde entonces: que no me miró con odio. Me miró con esa expresión que yo había visto en su cara dentro de la cueva, esa mirada de reconocimiento total, pero con algo añadido que antes no estaba: una comprensión suave y terrible, la del que ve exactamente lo que va a ocurrir y entiende por qué, y no aprueba pero tampoco se sorprende. La comprensión del que siempre supo que esto terminaría así.
Abrí la boca. Y lo que salió fue peor que el silencio. Dije que él había llegado al pueblo buscando trabajo y que yo lo había contratado de buena fe y que no sabía. Que no sabía. Lo dije dos veces, y las dos veces la mentira me supo a lo que era, a algo que no se lava, y los tres hombres me escucharon y luego miraron a Héctor y Héctor no dijo nada. Solo me miró. Solo siguió mirándome con esos ojos café sin fondo mientras yo decía que no sabía, que no sabía, que había sido él, que había sido una tentación, que yo era un hombre de familia, que yo no era eso.
Yo no era eso.
Esas cuatro palabras. El epitafio de mi alma. Lo que ocurrió después lo supe después, en pedazos, por rumores que llegaban en voz baja y que nadie terminaba de pronunciar. Supe que lo amarraron. Que lo llevaron a las rocas de la Campana con una soga y una piedra del tamaño de un torso humano. Que lo arrodillaron al borde del precipicio de roca desde donde el mar negro esperaba abajo. Que él no peleó, o que si peleó fue con una resistencia que ya tenía el ritmo de la resignación. Que don Porfirio rezó algo en voz baja, o eso dijeron, algún versículo que convirtiera el crimen en acto de limpieza.
Y que al final, cuando la soga se tensó y la piedra los arrastró al borde, Héctor giró la cabeza. Me buscó entre los hombres. Y me encontró. Porque yo estaba allí. Porque no me fui. Porque hay cobardías tan profundas que ni siquiera tienen la forma de la huida sino de la inmovilidad total: me quedé de pie en las rocas, a unos diez metros, sin decir nada, mientras ocurría lo que ocurría.
Lo vi girar la cabeza y buscarme. Lo vi encontrarme con esa mirada. Y lo que vi en sus ojos —en el segundo antes de que el peso de la piedra lo jalara al agua negra del Pacífico, en el segundo antes de que el mar lo recibiera y lo tragara— no fue acusación. Fue lo mismo que siempre: comprensión. Y algo más, algo que creo que era tristeza. No por él. Por mí.
La Piedra de la Campana tañó en ese momento. Un tañido largo, prolongado, distinto a todos los que había oído antes, como si la roca hubiera recibido un golpe de una magnitud diferente a cualquier ola. Un sonido que no era solo grave sino dolido, un lamento que salió del interior de la roca y se extendió por el agua y por el cerro y por el cielo negro, y que yo sentí en cada hueso de mi cuerpo como la firma de algo que se cerraba para siempre. Nadie más pareció oírlo. O si lo oyeron, lo dejaron ir. Yo no pude.
Hay una clase de culpa que los hombres piadosos describen como fuego del purgatorio, y otra que los hombres seculares llaman remordimiento, y ni una ni la otra se parece a lo que me ocurrió a mí en los meses que siguieron a esa noche. El fuego del purgatorio supone la posibilidad de que el fuego termine. El remordimiento supone que uno conserva la distancia suficiente del acto para observarlo y lamentarlo. Lo que me ocurrió a mí fue otra cosa: una presencia. Una ocupación. Como si Héctor hubiera dejado dentro de mí, en el momento en que sus ojos me encontraron por última vez, algo que no tenía cuerpo pero que tenía peso, que tenía temperatura, que tenía, sobre todo, una mirada. Sus ojos. Siempre sus ojos.
Los veía al cerrar los párpados. Los veía en el fondo de los vasos de mezcal que empecé a beber con una dedicación que era en realidad una forma de buscarlos, de intentar ahogarlo otra vez en un líquido diferente. Los veía en el espejo, superpuestos a mi propio rostro, como dos imágenes expuestas en el mismo cristal. Los veía en la cara de mis hijos, que no se le parecían en nada y que sin embargo de alguna manera los contenían, esos ojos, esa mirada de comprensión que es peor que el odio porque el odio al menos exige que uno exista como adversario mientras que la comprensión lo convierte a uno en algo que simplemente ocurrió, un fenómeno natural, una tormenta sin moral ni voluntad.
Consuelo me preguntó una vez, y solo una vez, qué me pasaba. Le dije que nada. Me creyó, o eligió creerme, que es lo que los matrimonios hacen con las mentiras que los salvan de tener que rehacer sus vidas. El trabajo del terreno siguió. Contraté a otro peón que era un muchacho de dieciséis años, gordo y risueño, que no se parecía en nada a Héctor, y cuya presencia en el terreno me aliviaba precisamente por eso, porque cada vez que lo veía confirmar que no era Héctor era un segundo de quietud en el ruido constante de los ojos en mi interior.
Pero no podía evitar el mar. En Santa Cruz de Miramar nadie puede evitar el mar: está en el olor del aire, está en el sonido que penetra los muros de las casas, está en la sal que aparece en cualquier superficie dejada al descuido. Y el mar traía el tañido. El tañido de la Campana, que yo ahora escuchaba con una claridad que antes no tenía, como si el oído se me hubiera afinado dolorosamente para ese sonido específico. Lo escuchaba de noche, cuando el viento venía del sur y el sonido viajaba con él hasta el pueblo. Lo escuchaba en las mañanas de marea alta. Lo escuchaba, o creía escucharlo, en los momentos de silencio total, dentro de mi propio cráneo, con una nitidez que no necesitaba del viento ni de la distancia para existir.
Y el tañido no sonaba igual que antes. Antes era grave, resonante, el sonido neutro de la roca golpeada por el agua. Ahora tenía una tonalidad que yo solo podía describir como dolor. Un dolor sin cuerpo, sin localización precisa, que se extendía por la frecuencia entera del sonido como la tinta se extiende en el agua. Un quejido dentro de un tañido. Una voz dentro de una roca.
Me dije que era mi imaginación. Me lo dije durante meses. Me lo fui creyendo menos. El año siguiente al de su muerte empecé a ir a las rocas. No a la cueva —no podía llegar hasta la cueva, cada intento me detenía antes de cruzar la Boca, detenido por algo que no era físico pero que era más efectivo que cualquier obstáculo físico, una imposibilidad que vivía en el pecho y no en las piernas—, sino a la orilla donde las rocas comenzaban, desde donde se veía la Piedra de la Campana en la distancia. Me paraba allí y la miraba. Y el tañido llegaba, y en el tañido estaba ese dolor, y yo lo recibía como se recibe un golpe del que uno sabe que se lo merece: sin moverse, con los ojos abiertos.
Una tarde —tarde de septiembre, casi dos años después, con el cielo gris cosido de nubes pesadas que hacían el mundo pequeño y opresivo— vi algo en las rocas que me detuvo el corazón. Una figura, de pie sobre la roca plana que quedaba más cerca de la Campana, con el agua hasta las espinillas y la silueta recortada contra el mar encendido por los últimos rescoldos de un sol invisible.
Alta. Esbelta. Inmóvil.
Me quedé de piedra en la orilla. La figura permaneció donde estaba durante un tiempo que no pude medir. Luego se volvió, lentamente, hacia mí. Y levantó una mano. Un gesto simple. Casi infantil. No le devolví el saludo. No podía mover los brazos. No podía mover nada. Permanecí inmóvil mientras la figura permanecía inmóvil, y el tañido de la Campana llenaba el espacio entre nosotros con ese dolor sin nombre, y el crepúsculo avanzaba, y el mundo se volvía poroso y permeable a cosas que la luz del día mantiene a raya.
Luego una ola grande golpeó la Campana, el tañido fue ensordecedor, y cuando el sonido se disipó la roca plana estaba vacía. Corrí de regreso al pueblo. Corrí como no había corrido desde la infancia, sin mirar atrás, con los pies hundiéndose en la arena blanda y el aliento quemándome la garganta y los ojos de Héctor siguiéndome —no desde la roca que había quedado atrás, sino desde adentro, desde el lugar donde se habían instalado dos años atrás y donde no habían dejado de mirar ni un momento.