Darío
— Darío Elizondo Palafox
Acto IV
Entendí al tercer año que no iba a poder vivir con esto. No lo entendí de golpe sino en acumulación, como se entienden las cosas que no queremos entender: gradualmente, con resistencia, llegando a la conclusión que siempre estuvo allí y que uno ha estado bordeando durante meses sin atreverse a nombrarla.
Consuelo se llevó a los niños a casa de su madre en Tepic. Me dijo que volvería cuando yo «estuviera bien». Creo que ambos sabíamos que eso no iba a ocurrir. El terreno lo dejé a medias. El peón gordo y risueño buscó trabajo con el vecino. Doña Refugio —que tenía una cabaña cerca de la playa y que me alquiló un cuarto cuando Consuelo se fue— me miraba con esa expresión que yo había visto antes: no exactamente miedo, sino algo más hondo, como el que se asoma a un pozo que conoce y sabe que no tiene fondo.
La marca empezó en el cuello.
No sé cuándo exactamente. Un día la noté en el espejo: una línea horizontal, roja y fina como un hilo, rodeándome la garganta debajo de la nuez. Me rasqué. No ayudó. Los días siguientes la línea no desapareció sino que se asentó, se volvió rosada, luego más pálida, luego blanca, con los bordes ligeramente hundidos como una cicatriz de algo que no había ocurrido físicamente pero que el cuerpo había decidido registrar de todas formas.
Al tocarla sentía frío. No en los dedos: en el cuello, debajo de la marca, como si algo frío estuviera siendo aplicado desde adentro. Y con el frío venía, a veces, el olor: cáñamo mojado, soga vieja, fibra empapada de agua salada. El olor de una cuerda que ha estado dentro del mar durante años.
No se lo dije a ningún médico. ¿Qué les habría dicho?
La última noche dormí en el cuarto de doña Refugio con la ventana abierta hacia el mar, y el tañido de la Campana llegaba con cada ola y en el tañido estaba el dolor de siempre y debajo del dolor estaba algo más, algo que tardé en identificar y que cuando identifiqué me hizo sentar en la cama en la oscuridad con el corazón golpeándome el pecho: esperanza. En el tañido había dolor, sí, pero también una especie de espera. Como la de alguien que lleva años en un cuarto cerrado y escucha pasos en el corredor y no sabe si los pasos se acercan o se alejan pero al menos sabe que hay pasos.
Me pregunté, sentado en esa cama con el olor a sal y a selva húmeda llenándome los pulmones, si Héctor había enviado a alguien. Si había llegado alguien a estas rocas que pudiera terminar con la espera de Héctor, que pudiera —pensé la palabra y me pareció absurda y sin embargo la pensé— salvarlo.
Y entendí que no era yo. Que yo no podía ser esa salvación. Que yo era lo opuesto de esa salvación.
Que lo que yo podía hacer era terminar con lo mío. Solo eso. Terminar con los ojos en mi interior y con la marca en el cuello y con el olor a cáñamo que llega cuando la tocaba, y que al terminar con eso terminaría también con la deuda, con el peso, con los treinta y ocho años de cobardía coronados por la cobardía mayor de todas, la que tenía nombre y fecha y el rostro de Héctor mirándome con comprensión desde el borde de las rocas.
Salí de la cabaña antes del amanecer. Caminé hacia la playa. El mar estaba oscuro y la luna se había ocultado detrás de las nubes y el mundo entero era sombra y sonido: el rugido del Pacífico, el canto de los insectos en la selva, y debajo de todo, claro y constante, el tañido de la Campana.
Crucé la Boca. El río me llegaba a la cintura —la marea alta lo hinchaba— y la corriente me empujaba pero yo empujé de vuelta y llegué a la otra orilla y seguí caminando. Las rocas negras brillaban bajo la llovizna que había empezado a caer y yo las cruzaba sin cuidarme de los percebes ni de las algas ni del agua que subía a mis rodillas, luego a mi cintura. No me importaba el dolor. No me importaba nada.
La Piedra de la Campana crecía frente a mí en la oscuridad. Y el tañido era cada vez más fuerte, cada vez más cercano, y en el tañido estaba el dolor que yo había aprendido a identificar a lo largo de tres años y que ahora era más intenso que nunca, un dolor que llenaba el sonido entero y que se irradiaba desde la roca hacia el mar y hacia el cielo y hacia mí—
Pero no era solo dolor. Era otra cosa también. Era llamada. No hacia mí: pasando a través de mí, llegando desde el tañido hacia algún punto que estaba más allá de mí, algún lugar o alguna persona que no era yo, que nunca había sido yo, que Héctor llevaba años esperando desde el interior de esa roca.
Me detuve en el agua hasta el pecho, a diez metros de la Campana. Extendí las manos hacia la roca, no sé por qué. Un gesto instintivo, como de súplica o de entrega.
Y la Campana tañó. Un tañido diferente a todos. No el de siempre, grave y dolido. Este era agudo y total, una vibración que salió de la roca y me golpeó en el pecho con la fuerza de una mano abierta y me empujó hacia atrás, y el agua me recibió y me revolvió, y cuando logré pararme de nuevo con los pies en el fondo rocoso y la espuma en los ojos, la marca en mi cuello ardía como si una soga invisible se hubiera tensado con tanta fuerza que hubiera podido partirme en dos.
Pero no me partió. No me ahogué. El mar me revolvió y me golpeó contra las rocas y me cortó el costado y el brazo, y la sal en las heridas fue una agonía limpia y concreta, y sin embargo estaba de pie. Seguía de pie.
Intenté avanzar. El agua me llegaba al cuello, y cada paso que daba hacia la Campana el mar me lo devolvió dos hacia atrás, con una firmeza que no era la de la corriente natural sino la de algo con intención. Y la marca en mi cuello apretaba, y el tañido seguía, y en el tañido ahora no había solo dolor: había también algo que en otro contexto podría haberse llamado furia.
La roca no me quería muerto.
Lo entendí allí, en el agua negra, con la sangre mezclándose con la sal y la lluvia cayendo sobre el Pacífico y la Campana tañendo su furia paciente. No me quería muerto porque mi muerte sería el final, y el final era lo que yo no merecía. Lo que yo merecía era lo otro: seguir. Seguir cargando los ojos en el interior, seguir oyendo el tañido, seguir oliendo el cáñamo mojado cuando tocaba la marca. Seguir existiendo como el testigo de lo que había hecho, como el registro viviente de la cobardía que había costado una vida.
Ese era mi castigo. No la muerte. La continuación.
Me solté. Me dejé llevar por la corriente que me jalaba hacia la orilla, y el mar me empujó contra las rocas y me arrastraron mis propias piernas medio entumecidas y llegué a la playa y me quedé tendido en la arena con la mejilla contra la arena fría y el cuerpo temblando con una violencia que no era solo del frío sino de algo más, de la comprensión de lo que acababa de ocurrir, de lo que no había ocurrido.
Detrás de mí, la Campana tañó una vez más. Largo. Profundo. Y en el tañido, debajo del dolor de siempre, había algo que nunca había estado antes: una especie de quietud que comenzaba. Una espera que cambiaba de naturaleza, que dejaba de ser la espera del abandonado para volverse la espera del que sabe que alguien viene.
No para mí. Nunca para mí. Para Héctor.
Alguien vendría para Héctor. Alguien lo escucharía, lo vería, lo amaría sin la cobardía que yo había demostrado. Y cuando ese alguien llegara, el dolor en el tañido cambiaría, y lo que había sido condena se volvería otra cosa. No para mí —yo no tendría parte en esa salvación, ni derecho a ella— sino para él.
Y yo estaría aquí para escucharlo. Aquí, en este pueblo, con esta marca en el cuello que se profundiza cada mañana y este olor a cáñamo que llega con el viento del sur y estos ojos que nunca dejan de mirarme desde adentro.
La campana sigue sonando.
Cada ola la golpea y el tañido sale y llega hasta el pueblo y lo oigo en cualquier lugar donde esté, en cualquier hora del día o de la noche, con la misma claridad con que oigo mi propio corazón. Y en el tañido está el dolor de Héctor, que es también mi dolor, que será siempre mi dolor, que no terminará cuando Héctor encuentre lo que busca porque entonces el dolor de Héctor se habrá ido y lo que quedará en la roca será únicamente el mío, sin el suyo que lo acompaña, sin su voz que lo comparte, solo el mío resonando dentro de la piedra con cada golpe del Pacífico, eternamente, mientras el mar no cambie y la roca no ceda.
Que alguien que lea esto sepa que el sonido de la Campana no es el mar. Nunca ha sido el mar.
Soy yo, que aprendí demasiado tarde que la comprensión en los ojos de alguien que se ama es más difícil de sobrevivir que el odio.
Y que la campana que dobla por los muertos también dobla por los que los dejamos caer.