Héctor

Acto I

Que nadie busque en estas páginas la confesión de un hombre arrepentido, pues el arrepentimiento exige una voluntad que yo perdí hace mucho —perdí en el oleaje negro de una costa que no debí haber pisado jamás, en la sal que se adhirió a mi piel como un segundo bautismo, en los dedos largos de un joven cuyo nombre pronuncio ahora con la misma reverencia con que los antiguos pronunciaban los nombres de sus dioses: en voz baja, con la garganta apretada, sabiendo que invocar lo sagrado y lo terrible es, en esencia, el mismo acto.

Héctor.

Llegué a Santa Cruz de Miramar en los últimos días de septiembre, cuando la temporada de lluvias aún mantenía el cielo cosido con nubes de un gris tan espeso que parecían la tapa de un féretro. Había viajado desde Guadalajara sin más equipaje que una maleta de ropa ligera, tres cuadernos de notas y la certeza oprimente de que mi vida, tal como la había construido durante treinta y ocho años, era una estructura hueca cuyas paredes por fin habían cedido. No explicaré los detalles de mi derrumbe —el lector no necesita saber de la esposa que se marchó, ni del puesto universitario que me fue retirado con la elegancia quirúrgica de una amputación, ni de las noches en que la botella de mezcal y el borde de la azotea competían por mi atención—. Basta decir que llegué a ese pueblo costero como llegan los náufragos: sin haber elegido la orilla, empujado por corrientes que no comprendía.

♦ ♦ ♦

Santa Cruz de Miramar es un lugar que parece existir a medio camino entre el mundo de los vivos y algún otro reino más antiguo. El pueblo se extiende a lo largo de una playa amplia y recta donde el Pacífico embiste la arena con una furia que hipnotiza. Detrás, la sierra se levanta como una muralla verde, y la selva baja desciende hasta casi tocar las casas con sus ramas cargadas de humedad. El aire allí no se respira: se mastica. Los sonidos son los de un organismo vivo: el chasquido de los insectos, el canto desorbitado de pájaros que nunca aprendí a nombrar, y debajo de todo, siempre, el mar —ese pulso grave y perpetuo que terminó por reemplazar el ritmo de mi propio corazón.

Renté una cabaña modesta cerca de la playa, una construcción de block y lámina perteneciente a una mujer de edad indeterminada a quien todos llamaban doña Refugio. La cabaña tenía un ventilador de techo que giraba con la lentitud de un moribundo y una hamaca colgada en el porche desde donde podía ver, si me inclinaba hacia la derecha, la línea donde el río desembocaba en el mar —lo que los locales llamaban la Boca—. Era un punto donde las aguas dulces y saladas se encontraban en un abrazo turbio, y había algo en esa confluencia que me perturbaba, una metáfora demasiado evidente de mi propio estado: dos corrientes opuestas, ninguna capaz de vencer a la otra, generando únicamente un remolino de lodo.

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Los primeros días los dediqué a caminar. Caminaba por la playa al amanecer, cuando la arena estaba firme y fresca bajo mis pies descalzos, y caminaba al atardecer, cuando el sol descendía detrás de las nubes como una herida que se cierra. Fue en una de estas caminatas vespertinas —la cuarta o la quinta, ya no recuerdo— cuando vi por primera vez la Piedra de la Campana.

Había cruzado la Boca, donde el río apenas me llegaba a las rodillas en esa hora de marea baja, y continué hacia el sur por una franja de playa que se iba angostando a medida que el cerro se precipitaba hacia el mar. A unos quinientos metros de la Boca, la playa desaparecía y comenzaba una zona de rocas negras, irregulares, cubiertas de percebes y algas que las hacían traicioneras como hielo. El acantilado se elevaba a mi izquierda y a mi derecha el mar golpeaba las rocas con una violencia que levantaba columnas de espuma. Fue entonces cuando la vi: una roca solitaria que se alzaba dentro del mar, a unos treinta o cuarenta metros de donde yo estaba. Tenía quizá seis metros de altura y una forma vagamente cónica, como la campana de una iglesia sumergida cuya torre hubiera sido arrancada por algún cataclismo. El oleaje la rodeaba, y con cada impacto —juro que no exagero, aunque sé que el lector dudará de mí, como dudo yo mismo ahora— la roca producía un sonido profundo, un tañido sordo que vibraba en el pecho más que en los oídos. Era como si el mar estuviera llamando a misa en una catedral submarina, y yo fuese el único feligrés.

Me quedé de pie en las rocas, con el agua lamiéndome los tobillos, hipnotizado por aquel sonido, hasta que el crepúsculo empezó a teñir el cielo de violeta. Y fue en ese instante —en ese preciso instante en que la luz cambiaba y el mundo parecía volverse poroso, permeable a cosas que la luz del día mantiene a raya— cuando lo vi.

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Estaba de pie sobre una roca plana, más cerca de la Piedra de la Campana que yo, con el agua hasta las espinillas. Su silueta se recortaba contra el mar encendido por los últimos rescoldos del sol, y lo primero que registré fue la altura —era considerablemente más alto que yo— y la proporción de su cuerpo, que era la de esas estatuas griegas que uno ve en los libros de arte y asume que son idealizaciones, exageraciones del cincel, porque ningún cuerpo humano podría alcanzar esa armonía. Llevaba únicamente un short de manta cruda, blanco alguna vez, ahora amarillento, con un desgarrón en el costado izquierdo que dejaba ver la cadera. Su torso estaba desnudo, brillante de sal y de esa luz moribunda que lo bañaba como aceite.

Se giró hacia mí como si hubiera sentido mi mirada —y quizá la sintió, porque yo lo miraba con una intensidad que me avergüenza recordar, una intensidad que no había dirigido jamás hacia otro ser humano, hombre o mujer—. Su rostro era joven, de una juventud casi agresiva, como si la edad no se atreviera a tocarlo. Rasgos afilados, pómulos altos que recogían la última luz y la devolvían dorada. Los ojos —pero no pude ver sus ojos desde esa distancia, no todavía, y sin embargo sentí que me miraban con una familiaridad imposible, como si me reconociera, como si me hubiera estado esperando.

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Levantó una mano y me saludó. Un gesto simple, casi infantil. Y yo, que no había hablado con nadie más que con doña Refugio en cinco días, sentí que ese gesto abría una puerta en mi pecho que llevaba décadas cerrada con llave —una puerta cuya existencia, de hecho, yo había negado con la obstinación del que sabe que detrás hay algo que lo destruirá.

Le devolví el saludo. Él sonrió —vi el destello de sus dientes incluso a esa distancia— y empezó a caminar hacia mí con una agilidad que desmentía la dificultad del terreno. Saltaba de roca en roca con la soltura de quien ha nacido en ese paisaje, de quien conoce cada grieta y cada superficie con la intimidad que otros reservan para el cuerpo de un amante.

—La mar va a crecer —me dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca para que yo escuchara su voz por encima del oleaje—. Si no cruza ora, se queda aquí hasta mañana.

Su voz era grave y suave al mismo tiempo, con una cadencia que alargaba las vocales y convertía cada frase en algo que se parecía al canto. Pero había algo más: un vocabulario, una forma de construir las frases, que no pertenecía del todo a este tiempo. Dijo «la mar» y no «el mar», como los viejos pescadores, y usó «ora» en lugar de «ahora», y esa palabra, en su boca, sonó como algo arrancado de otra década.

Sus ojos —ahora sí podía verlos— eran de un café tan profundo que parecía no tener fondo.

—No sabía —respondí, y mi voz me sonó rasposa, como la de alguien que ha olvidado cómo se habla.

—Por acá no viene naiden —dijo, y se detuvo a menos de un metro de mí—. ¿Anda buscando algo?

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La pregunta era inocente. Debía serlo. Y sin embargo, la manera en que la formuló —con una leve inclinación de la cabeza, con esos ojos que no parpadeaban, con una media sonrisa que sugería que ya conocía la respuesta— me hizo sentir que estaba completamente desnudo. No desnudo de ropa, sino de algo más esencial: desnudo de las capas de ficción con las que había cubierto mi vida entera.

—Soy escritor —dije, porque era lo único que se me ocurrió, y porque en ese momento todavía creía que esa palabra significaba algo—. Estoy buscando un lugar tranquilo para trabajar.

—¿Escritor? —repitió, saboreando la palabra—. ¿y que escribe? .

—Nada —admití, y la honestidad de esa respuesta me sorprendió—. Hace meses que no escribo nada.

Asintió, como si eso también lo supiera. Luego miró hacia la Piedra de la Campana, que en ese momento recibió una ola grande y produjo aquel tañido grave que me había cautivado minutos antes.

—¿La oyó? —preguntó.

—Sí.

—Los viejos decían que cuando la campana suena ansina, alguien se va a quedar. —Se volvió hacia mí, y esa sonrisa, esa maldita sonrisa que era como una grieta en la superficie del mundo—. Que la mar escoge.

—¿Se va a quedar?

—Pa siempre.

♦ ♦ ♦

Me tendió la mano. Sus dedos eran largos, fuertes, y cuando envolvieron los míos sentí una descarga que no era eléctrica sino térmica: su piel estaba mucho más caliente de lo que debería estar la piel de alguien que lleva rato metido en el agua del Pacífico. Me ayudó a bajar de la roca donde estaba y me guió de vuelta por el camino que yo había recorrido, pero más rápido, con la urgencia de quien sabe que la marea no espera.

En un tramo angosto entre dos peñascos, tuve que pasar detrás de él. Y entonces percibí un olor que no venía de la brisa ni de las algas pudriéndose entre las rocas: un olor a fibra mojada, a cuerda empapada y vieja, un olor herrumbroso y orgánico que surgía de algún punto en la base de su cuello. Duró un instante. Luego el viento lo reemplazó con sal.

—Me llamo Héctor —dijo mientras caminábamos.

—Andrés —respondí.

Y así comenzó todo. Así comenzó mi perdición.

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