Acto III
Fue en la semana siguiente cuando el mundo empezó a agrietarse.
Un día —martes o miércoles, el tiempo había dejado de funcionar en línea recta— caminé hasta la tienda del pueblo por agua y cigarros. Al pasar frente a la iglesia vi al sacristán, un hombre seco y nervioso que se llamaba don Evaristo, barriendo el atrio. Me saludó y nos pusimos a hablar de nada, del calor, de las lluvias. Entonces, con la casualidad calculada del que lleva días rumiando cómo introducir un tema, dije:
—¿Sabe usted algo de la Piedra de la Campana? ¿Hay alguna historia?
Don Evaristo dejó de barrer. Me miró de una manera que reconocí: era la misma manera en que doña Refugio me miraba cuando preguntaba por las rocas. No era exactamente miedo. Era la cautela de quien se acerca a un borde.
—Historias hay muchas —dijo—. Pero la gente ya no las cuenta.
—¿Por qué no?
—Porque las cosas que se cuentan se despiertan.
Le pregunté si en la iglesia había registros antiguos, archivos. Quería darle un pretexto académico —»estoy investigando para un libro»—, pero don Evaristo no necesitó pretextos. Me llevó a una sala adjunta a la sacristía donde había tres estantes de madera combada cargados de cuadernos, biblias maltrechas y carpetas con las esquinas rotas. Me dejó solo con una advertencia que pretendió ser mundana:
—Lo que encuentre ahí ya no le pertenece a nadie. Pero a veces las cosas que no le pertenecen a nadie son las que más le reclaman a uno.
No encontré lo que buscaba inmediatamente. Eso habría sido demasiado fácil, demasiado limpio, y nada en esta historia ha sido limpio. Pasé dos tardes entre papeles que olían a humedad y a polilla, leyendo registros de bautismo, actas de defunción, anotaciones sobre misas y festividades. Encontré menciones dispersas de la Piedra de la Campana: un pescador ahogado en 1932, una lancha destrozada en 1941, una nota de 1956 que describía «los tañidos» como «señales del Maligno que los fieles deben ignorar». Fragmentos. Esquirlas de algo más grande.
La primera noche de búsqueda, mientras caminaba de vuelta a la cabaña, me rasqué el cuello. La marca estaba caliente al tacto. Ya no era rosada: era blanca, la piel ligeramente más pálida que la circundante, como si la sangre se hubiera retirado de esa zona.
Esa noche fui al Boquerón. Hicimos el amor sobre la arena, fuera del agua por primera vez. Cuando Héctor se tendió sobre mí y sentí el peso de su cuerpo presionándome contra la arena, y su piel abrasadora contra la mía, tuve la impresión de que estaba acostado no con un hombre sino con una hoguera en forma de hombre. Cuando terminamos y él se quedó dormido con la cabeza en mi pecho —la única vez que lo vi dormir—, noté que la arena debajo de nosotros estaba caliente. No tibia: caliente, como si hubiéramos estado tendidos sobre brasas.
Y mientras él dormía, yo miraba su cuello. La marca de la soga. Y olía —claramente esta vez, sin posibilidad de confusión— el olor a cáñamo podrido que emanaba de ella como el aliento de una herida que no ha cerrado en décadas.
La segunda tarde en la biblioteca encontré el cuaderno.
Era de pasta dura, con una caligrafía apretada y antigua. Un registro parroquial que databa de los años cuarenta. Pasé las páginas con dedos que ya sabían lo que iban a encontrar —esa sensación terrible de caminar hacia un precipicio con los ojos abiertos, sabiendo que uno no va a detenerse—.
La entrada estaba fechada el 3 de noviembre de 1948. Decía:
«Se encontró el cuerpo de Héctor Sánchez Velasco, de 22 años de edad, en las rocas cercanas a la Piedra de la Campana. El cuerpo presentaba señales de ahogamiento y una marca de soga en el cuello. Se cree que el joven se ató una piedra al cuello y se arrojó al mar. Los pescadores reportan que el difunto había sido visto en compañía de [nombre ilegible, tachado con violencia] y que la naturaleza de dicha compañía era contra natura y ofensiva a Dios. El cuerpo fue sepultado en terreno no consagrado. Que Dios tenga misericordia.»
Leí el pasaje tres veces. Cuatro. Cinco. Las palabras no cambiaron.
Héctor Sánchez Velasco. Veintidós años. La Piedra de la Campana. Una soga al cuello.
«Se cree que se ató.» Se cree. El verbo contenía toda la mentira y toda la verdad, comprimidas en dos sílabas.
Cerré el cuaderno. Mis manos temblaban con una violencia que lo hizo caer al suelo, y cuando me agaché a recogerlo vi que del interior se había desprendido una fotografía. Pequeña, en blanco y negro, con los bordes dentados de la época. Mostraba a un joven de pie en una playa. Alto, esbelto, con un rostro de una belleza que la pobre resolución de la imagen no conseguía atenuar.
Llevaba un short de manta blanca con un desgarrón en el costado izquierdo. El mismo short. El mismo desgarrón. No uno parecido: el mismo, con la misma forma de media luna sobre la cadera, el mismo borde deshilachado que yo había tocado con mis propios dedos mientras le bajaba esa prenda antes de hacerle el amor.
Algo se rompió dentro de mí. No sé si fue la razón o algo más profundo —un dique que mantenía separadas las dos mitades de mi vida, la mitad que sabía y la mitad que se negaba a saber—. La fotografía temblaba en mis manos. Le di la vuelta. En el reverso, con tinta desvaída, alguien había escrito: «Héctor S.V., playa de las rocas, agosto 1948.» Dos meses antes de su muerte.
Abandoné la biblioteca con la fotografía en el bolsillo —robada, sí, porque para entonces yo había cruzado líneas más graves que el hurto— y caminé directamente hacia la playa. Era media tarde. El sol calcinaba la arena y el mar estaba en calma, una calma espesa que hacía que la superficie pareciera mercurio. Caminé hacia la Boca. La crucé. Seguí por la playa que se angostaba, y luego por las rocas, sin importarme que la marea estuviera subiendo, sin importarme que el agua me cubría la cintura en algunos tramos y que las olas me golpeaban contra el acantilado.
La Piedra de la Campana me esperaba. Tañía con cada ola, y el sonido era más claro que nunca, más definido, y ahora me parecía que no era un sonido aleatorio sino un ritmo, un patrón, una llamada.
Héctor estaba de pie sobre la roca plana donde lo había visto la primera vez. Desnudo. Absolutamente desnudo, con el agua hasta las espinillas y el sol bañándolo como si fuera la única cosa en el mundo que mereciera ser iluminada. Me vio llegar y sonrió.
—Se tardó —dijo.
—¿Quién eres? —pregunté. El agua me llegaba al pecho. Las olas me empujaban hacia él y luego me jalaban, y cada vaivén era un tira y afloja entre la razón y la locura—. ¿Qué eres?
Ladeó la cabeza. Esa inclinación que había aprendido a amar y que ahora me aterrorizaba. —¿Qué importa?
—Estás muerto —dije. Las palabras salieron de mi boca como piedras—. Moriste en 1948. Te encontraron aquí, en estas rocas. Con una soga al cuello.
Algo cambió en su rostro. La sonrisa no desapareció, pero se transformó: se volvió más amplia, más antigua, y sus ojos —esos ojos que tantas noches me habían mirado con deseo y con algo que yo había confundido con amor— adquirieron una oscuridad total. Dos pozos sin fondo. Dos bocas de cueva submarina.
—No me morí —dijo. Su voz ya no intentaba ser joven. Era la misma voz, pero ahora tenía capas, como si muchas voces hablaran al mismo tiempo, superpuestas como olas—. Me mataron. No es lo mismo.
—Héctor…
—Yo quería a un hombre —continuó, y dio un paso hacia mí. El agua no le cubría más de los tobillos. A mí me llegaba al pecho. La distancia no había cambiado—. Lo quise como no he vuelto a querer a naiden, y sin embargo lo he buscado. En cada hombre que ha venido a estas rocas. En cada hombre que ha oído la campana.
Otro paso. El agua subía. O él se hacía más alto. O yo me hundía.
—Nos hallaron. Y él —su voz se quebró, y la quiebra fue real, fue humana, fue lo más aterrador de todo porque significaba que la cosa que tenía delante aún podía sentir— él les ayudó. Les dijo que yo lo había hechizado, que era cosa del diablo. Me pusieron una soga al cuello. Me amarraron a una piedra. Me tiraron a la mar desde las rocas, enfrente de la campana, pa que la campana sonara con mi muerte y limpiara el pueblo de mi pecado.
Estaba frente a mí. Su cuerpo era el mismo cuerpo que yo había tocado, besado, adorado, el mismo que me había dado más placer del que creía posible. Pero ahora, a la luz cruda de la tarde, vi lo que la oscuridad de nuestras noches me había ocultado: su piel tenía un brillo que no era el de la salud sino el de la descomposición, esa luminiscencia que tienen ciertas criaturas marinas muertas. Y la marca de su cuello —esa línea que yo había tocado con ternura creyendola una cicatriz— era más profunda de lo que había pensado, un surco que revelaba en su interior no carne sino oscuridad, como si debajo de su piel no hubiera músculo ni hueso sino agua negra.
—¿Qué quieres de mí? —susurré.
Me acarició la mejilla. Sus dedos estaban fríos. Fríos como el fondo del mar.
—Lo mero que usté quiere de mí —respondió—. No irme solo. No estar solo nunca más.
La Piedra de la Campana tañió. Una ola enorme rompió contra ella y el sonido fue ensordecedor, una vibración que sentí en los dientes, en las costillas, en la marca de mi propio cuello que de pronto ardió como si una soga invisible se hubiera tensado alrededor de mi garganta. Y con el sonido vino una visión, o un recuerdo que no era mío: vi a un joven —a Héctor— arrodillado en estas mismas rocas, de noche, con las manos atadas y una soga al cuello cuyo otro extremo estaba amarrado a una piedra del tamaño de un torso humano. Vi a los hombres que lo rodeaban, rostros cerrados, duros, iluminados por antorchas. Vi al otro —al hombre que Héctor había amado— de pie entre ellos, con la mirada clavada en el suelo, sin levantar la vista. Vi cómo empujaron la piedra al agua y cómo la soga se tensó y cómo Héctor fue arrastrado al borde del precipicio de roca y tragado por el mar negro. Y vi, justo antes de que el agua lo cubriera, cómo giraba la cabeza hacia el hombre que amaba y lo miraba con una expresión que no era de odio ni de reproche sino de algo peor: de comprensión.
La visión se disipó. Estaba de pie en el agua que me llegaba al cuello. La marca en mi garganta latía con un dolor sordo, como si la soga estuviera allí, apretándose milímetro a milímetro. Héctor me sostenía por los hombros con ambas manos, y su rostro estaba a centímetros del mío, y su belleza era la misma, exactamente la misma, y eso era lo más monstruoso: que la belleza persistiera, que la muerte no la hubiera tocado, que el horror y el deseo pudieran coexistir en el mismo cuerpo, en la misma mirada, en la misma boca que me había dado más placer del que yo creía merecer.
—Véngase conmigo —dijo.
Y yo quise. Dios me perdone, yo quise. Quise seguirlo al fondo del agua negra, quise que la soga del mar me atara al cuello, quise ser suyo en la muerte como lo había sido en esa simulación de vida que habíamos compartido durante dos semanas que duraron una eternidad. Porque lo que él me había dado —el descubrimiento de mi cuerpo verdadero, el fin de la mentira, la piel contra la piel, la boca contra la boca— no podía encontrarlo en ningún otro lugar del mundo. Él era el único. Él era la única puerta, y la puerta daba al mar, y el mar era la muerte, y yo estuve a punto —a un segundo, a un latido, a una sílaba de distancia— de decir que sí.
Pero no lo dije.
No por valentía. No por instinto de supervivencia. Sino por algo más mezquino y más humano: por cobardía. La misma cobardía que me había mantenido dentro de mi disfraz durante treinta y ocho años, la misma que me había hecho casarme con una mujer a la que no deseaba, la misma que me impedía mirar a los hombres en la calle, la misma cobardía que el hombre que Héctor amó había demostrado al no levantar la vista mientras lo arrastraban al agua. La cobardía me salvó. Y la cobardía me condenó a algo peor que la muerte: a vivir.
Me solté de sus manos. Retrocedí. Una ola me golpeó y me arrastró contra las rocas, y sentí el dolor agudo de un corte en el costado, y el dolor fue un ancla, una cadena que me ató al mundo de los vivos con la brutalidad de lo físico. Nadé. Nadé hacia la orilla con una desesperación que no sabía que poseía, tragando agua, golpeándome contra las rocas, sangrando, ahogándome y volviendo a la superficie una y otra vez. La marea me empujaba hacia atrás, hacia la Piedra de la Campana, que tañía sin cesar, tañía con cada ola como una campana de funeral que llama a los muertos y no a los vivos.
Llegué a la playa. Me arrastré fuera del agua. Me quedé tendido boca abajo en la arena, vomitando agua salada, temblando, sangrando. No miré hacia atrás. No miré, pero oí. Oí su voz, clara y cercana como si estuviera a mi lado, aunque sé que estaba lejos, que estaba en las rocas, que estaba en la Piedra de la Campana: —Va a volver.
Han pasado tres meses. Estoy en Guadalajara. Vivo en un departamento que no se parece en nada a la cabaña de doña Refugio, en una ciudad que no se parece en nada a Santa Cruz de Miramar. No hay mar aquí. No hay selva, ni humedad que se mastica, ni piedras que tañen con el oleaje.
Y sin embargo, cada noche, cuando cierro los ojos, estoy en el Boquerón. Siento la arena bajo mi espalda y el agua tibia rodeándome y las manos de Héctor sobre mi piel y su boca en mi cuello y su cuerpo contra el mío, y el placer es tan real, tan insoportablemente preciso, que despierto empapado —no de sudor, sino de agua salada— y la almohada tiene arena y mis labios saben a sal.
Cada noche él está más cerca. Cada noche su voz es más clara. Ya no dice «véngase» como un ruego. Lo dice como una certeza.
La marca en mi cuello —esa línea que empezó como una picazón y luego fue un enrojecimiento y luego una cicatriz blanca y que ahora es un surco visible que ningún médico ha sabido explicar— se profundiza cada mañana. Ayer, al tocarla, mis dedos sintieron no piel sino frío. El frío del fondo del mar. Y olí cáñamo mojado.
Voy a volver a Santa Cruz de Miramar. Voy a cruzar la Boca. Voy a caminar por las rocas. Voy a encontrar la Piedra de la Campana. Y esta vez, cuando Héctor me tienda la mano, no voy a soltarme. La mar escoge, dijo él aquella primera tarde. Y la mar me escogió a mí.
Quien encuentre estos cuadernos, sepa que no fui arrastrado por la corriente ni sorprendido por la marea. Fui a donde debía ir. Fui a donde siempre debí haber estado. Fui al único lugar donde mi cuerpo verdadero —el cuerpo que Héctor me enseñó a habitar— puede existir sin vergüenza ni disfraz.
La campana está sonando. Y yo, por fin, respondo.
¿Qué te ha parecido el final de Héctor?
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