Acto IV
«El hombre no se rinde a los ángeles, ni del todo a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.»
— Edgar Allan Poe (Ligeia)
A la mañana siguiente encontré huellas frente a la choza. Huellas de pies descalzos en el lodo. Pequeñas. Demasiado pequeñas para ser de un adulto. Pero dispuestas con la separación de una zancada adulta, como si una criatura del tamaño de un niño caminara con las piernas de un hombre. Las huellas iban desde el borde del estero hasta la puerta de la choza y volvían, y en cada huella había una sustancia viscosa, iridiscente, que brillaba con los colores del petróleo o de las escamas de un pez en descomposición.
Me lavé en el estero. Froté mis brazos con arena del fondo, con hojas de mangle, con el jabón que compraba en la tienda de doña Remedios. El lodo no se fue. Se atenuó, sí, pero no desapareció: quedó debajo de la piel como un tatuaje subcutáneo, como una marca de nacimiento que hubiera decidido manifestarse tardíamente, a los cuarenta y ocho años, en las manos de un hombre que usó esas manos para tocar lo que no debía tocar.
Volví al estero. Volví a Isaí. Volví como vuelve el adicto al mismo callejón. Y el segundo encuentro fue peor que el primero. Peor no por la violencia, sino por lo que reveló.
Fue de noche. El manglar de noche es un organismo distinto: se cierra, se espesa, las raíces forman una jaula sin salida y los sonidos cambian. Isaí me esperaba en la poza. Su cuerpo emitía un olor que reconocí al instante: la colonia barata de Emilio, ese perfume de farmacia que yo había inhalado con avidez durante las tutorías.
—¿Qué estás usando? —pregunté.
No respondió. Me tocó el pecho. Sus dedos estaban fríos y tenían la textura de la raíz de mangle: duros, lisos, sin huellas dactilares. Mientras me tocaba, su rostro cambió con la gradualidad de un dissolve: los rasgos de Isaí se diluyeron y emergieron los de Emilio. La nariz más fina, los labios más delgados, los ojos con aquella misma expresión de comprensión horrorizada.
Grité su nombre. «Emilio.»
La criatura sonrió con la boca de Emilio y la tomé. La abracé, hundí mi cara en su cuello que olía a colonia y sabía a agua de estero. Durante el acto la criatura fue Emilio, fue Isaí y fue alguien más —un collage de todos los cuerpos jóvenes que yo había deseado y no había podido tener—, y comprendí con la lucidez del coito que esa imposibilidad era el verdadero combustible de mi deseo.
Lo tomé sobre las raíces del mangle, con el lodo cubriéndonos las piernas y el agua lamiéndonos los costados. Noté que no sudaba, que su piel no producía calor, que se movía con una precisión inquietante, como si hubiera estudiado cada uno de mis deseos.
Cuando terminé, sentí que algo se había ido. No metafóricamente: físicamente. Una sustancia caliente y esencial había sido succionada de mi pecho. Sentí el vacío como se siente después de una extracción dental: el hueco, la ausencia, el aire frío donde antes había materia sólida.
La criatura se levantó. En sus ojos vi satisfacción pura. La satisfacción del que ha comido.
El lodo me cubría ahora hasta los hombros. Mi piel tenía textura de corteza, mis uñas eran del color del lodo y en las plantas de mis pies habían empezado a crecer filamentos oscuros, como raíces.
La tercera vez fue la peor. Fue de madrugada, en la choza. Me desperté con agua salobre hasta los tobillos. La criatura estaba de pie junto a mi catre, oscilando entre Isaí, Emilio y otros rostros de mis antiguos alumnos.
Me tomó —no yo a ella— con una fuerza telúrica, de lodo que succiona y raíz que aprieta, y mientras lo hacía dijo con una voz que era todas las voces y ninguna:
—¿Cuántos, maestro? ¿Cuántos como Emilio?
Y yo, en la abyección del placer y el terror, respondí con un número que no escribiré aquí.
Después, cuando el agua se retiró y la criatura se deshizo en lodo y materia orgánica, busqué los Cuentos completos de Poe con manos de corteza y barro. Abrí el libro en Ligeia y leí: «El hombre no se rinde a los ángeles, ni del todo a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.»
And debajo de la frase, escrito con lodo, alguien había añadido:
«Tus libros no sirven aquí. Aquí el hambre es de barro, y el barro no lee.»