Acto V
La última noche —la nombro así porque fue la última de algo: de mi cordura, de mi forma, de la ficción que llamamos identidad y que no es más que un dique de arena conteniendo un estero— ocurrió durante la primera tormenta grande de la temporada.
El cielo se cerró a media tarde con la violencia de una mano que aplasta una lámpara. Las nubes eran de un morado tumoral, atravesado por relámpagos que producían no el trueno limpio de las tormentas de montaña sino un retumbar subterráneo, como si la tierra gruñera. El viento arrancó hojas y ramas y trajo el olor del manglar intensificado hasta la náusea: materia orgánica en descomposición, azufre, sal, vida y muerte trenzadas en la misma emanación. Y la lluvia: no como lluvia sino como derrumbe, como si el cielo se hubiera venido abajo.
El estero se desbordó. El agua entró en la choza —por debajo de la puerta, por las grietas, por las raíces que asomaban del piso como venas del subsuelo— y en minutos me cubría los tobillos. Me encontré de pie sobre el catre, abrazando la caja de libros como un náufrago abraza un madero, y el agua seguía subiendo, tibia, espesa, con ese olor a lodo y a raíz y a aliento que yo ya conocía como se conoce el olor de la propia enfermedad.
Cuando la lluvia amainó, abrí la puerta. El mundo exterior era irreconocible. El claro se había convertido en una extensión del estero: agua oscura hasta donde alcanzaba la vista, y los manglares, liberados de la distinción entre tierra y agua, extendían sus raíces sobre la superficie inundada como arañas que caminan sobre su propia tela.
Allí, entre las raíces, iluminado por la luna que asomaba entre jirones de nubes, estaba.
No tenía la forma de Isaí. No tenía la forma de Emilio. Tenía una forma intermedia, inestable, que oscilaba entre ambas como la llama de una vela oscila entre dos corrientes de aire. Era del tamaño de un hombre pero sus proporciones estaban mal: los brazos demasiado largos, las piernas arqueadas, la cabeza ligeramente grande para el cuerpo. Y su piel —si puede llamarse piel a lo que lo cubría— era del color y la textura del lodo del estero, un negro brillante, húmedo, vivo.
Me miró. Sus ojos eran dos superficies de agua estancada.
—Maestro —dijo, y la voz era la de Isaí y la de Emilio y la de algo anterior a ambos, algo que no tenía cuerdas vocales sino que producía sonido por vibración, como el manglar produce sonido cuando el viento pasa entre sus raíces—. ¿Se acuerda de Catulo? Odi et amo. ¿Se acuerda? Usted me lo enseñó. ¿O se lo enseñó a Emilio? ¿O a cuál de todos?
—¿Qué eres? —pregunté, y mi voz fue la de un hombre que habla dentro de un ataúd.
La criatura dio un paso. El agua chapoteó alrededor de sus piernas con un sonido que no era chapoteo sino succión, como si el agua no se apartara ante su cuerpo sino que lo lamiera, lo acariciara, lo reconoceriera como parte de sí misma.
—Usted sabe qué soy. Usted leyó sobre mí en sus libros. Pero sus libros se equivocan, maestro. Sus libros dicen que yo robo almas. Yo no robo. Yo como. Y usted me ha estado alimentando. Con su deseo. Con su culpa. Con el nombre de ese muchacho que repite en sueños como una oración. —Inclinó la cabeza con ese gesto aviar, inhumano—. ¿Sabe qué es lo más sabroso de usted, maestro? No es su tonalli. No es su alma caliente. Es su mentira. Esa mentira que se repite: «Nunca lo toqué.» Esa mentira que tiene tantas capas como los muros de una iglesia vieja. Capa sobre capa sobre capa. Yo me comí todas las capas. Y debajo no hay nada. Debajo de usted no hay nada, maestro. Sólo lodo.
Dio otro paso. La forma de Isaí se deshilachó como una máscara de papel mojado, y lo que apareció debajo no era un rostro sino una superficie: lodo compactado en la forma aproximada de una cara, con oquedades donde deberían estar los ojos, una hendidura donde debería estar la boca, y en esa hendidura, moviéndose con la ondulación de las lombrices en la tierra húmeda, algo que no eran dientes sino espinas translúcidas, centenares de ellas, diminutas, dispuestas en hileras concéntricas como las espinas de un bagre multiplicadas hasta la obscenidad. La boca se abrió. Y de su interior salió un aliento que era el aliento concentrado del manglar entero: azufre, descomposición, raíz, sal, todo lo que se pudre y todo lo que crece de lo que se pudre, el ciclo completo de la materia orgánica comprimido en una sola exhalación.
—Dámelo —dijo.
No dijo «ven conmigo». No dijo «quédate». No hubo seducción, no hubo invitación, no hubo ternura. Dijo «dámelo» con la simplicidad del organismo que exige lo que le corresponde, como la raíz exige el agua, como el lodo exige el cuerpo que ha pisado su superficie, como el estero exige la ofrenda de lo que se adentra en sus dominios sin permiso y sin respeto.
—Dámelo, maestro. Tu Poe escribió sobre hombres locos en cuartos cerrados. Pero esto no es un cuarto. Esto es el manglar. Aquí no hay puertas. Aquí no hay cerraduras. Aquí todo está abierto y todo se traga. ¿De qué te sirve saber el nombre de tu enfermedad si la enfermedad ya te comió?
Retrocedí. O intenté retroceder: mis pies, cubiertos de lodo hasta los tobillos, no se movieron. Miré hacia abajo y vi que los filamentos oscuros que habían comenzado a crecer en mis plantas se habían extendido, se habían hundido en el lodo del suelo inundado, se habían entrelazado con las raíces del manglar que asomaban por las grietas del cemento. Estaba enraizado. Literalmente enraizado. Unido al piso de la choza como el manglar se une al lodo: con raíces aéreas que descienden y se sumergen y se agarran y no sueltan.
La criatura avanzó. Su cuerpo se encogió —los brazos retrayéndose, las piernas acortándose, la cabeza agrandándose hasta adquirir proporciones de infante, de feto, de cosa no nacida— y su piel de lodo brilló bajo la luna con un lustre húmedo, y sus pies dejaron huellas en el agua inundada. Huellas pequeñas. Demasiado pequeñas para su cuerpo, incluso reducido. Huellas de niño con zancada de hombre.
Me tocó el pecho. Sus dedos se hundieron en mi esternón no como se hunden los dedos en la carne sino como se hunden las raíces en la tierra: con la presión lenta, irresistible, de lo vegetal. Y los dedos encontraron algo dentro de mi pecho. Algo caliente. Algo que latía con un ritmo más antiguo. La criatura tiró. Algo se desgarró. Algo caliente y luminoso salió de mi pecho y entró en la hendidura de su boca, y las espinas trituraron lo que había sido mi alma con el sonido húmedo, diminuto, de un insecto masticando una hoja.
La criatura se disolvió. Se deshizo en lodo y agua y raíces y se filtró por el suelo inundado y regresó al estero.
No me fui de la Fosa de los Chaneques. No puedo irme. Los filamentos de mis pies se han endurecido y convertido en raíces que penetran el cemento y se entrelazan con las raíces del manglar bajo la choza. El lodo me cubre ahora el pecho, el cuello. Pronto me cubrirá la cara.
Escribo estas líneas con manos que ya no son manos sino corteza. La tinta se mezcla con el lodo y las palabras se vuelven ilegibles a medida que las trazo.
No siento dolor. No siento miedo. No siento nada. El tonalli se fue y lo que queda es lodo. Sólo lodo.
Poe escribió, en Ligeia: «El hombre no se rinde a los ángeles, ni del todo a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.»
Pero Poe no conoció el manglar. Aquí no hay voluntad que valga. Solo hay hambre antigua, ciega y paciente.
La marea está subiendo. El agua entra por debajo de la puerta. Las raíces de mis pies se extienden en el lodo, buscando integrarse al organismo colectivo.
No queda nada que dar. La criatura tomó lo que vino a tomar. Y lo que queda es el residuo. La cáscara. El lodo.
El manglar me ha incorporado a su estructura.
Como incorpora todo lo que atrapa.
Sin soltarlo jamás.
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