Isaí
Acto I
No he de justificarme. Si alguna vez estas páginas son halladas —entre el salitre que devora el block de las paredes, entre las cucarachas de mar que se desplazan por el suelo con la impunidad de quien ha tomado posesión de un territorio que el ocupante anterior ya no defiende—, que quien las descifre entienda que no busco absolución. La absolución implica culpa, y la culpa implica un acto, y yo no cometí ningún acto. Lo que hice fue desear, que es distinto. Lo que hice fue mirar, que es distinto. Lo que hice fue construir, con la paciencia del artesano y los materiales de la imaginación, una arquitectura interior tan elaborada, tan habitable, tan perfecta en sus proporciones, que el mundo exterior —con sus tribunales, sus comisiones disciplinarias, sus códigos de conducta y sus susurros en los pasillos fluorescentes de las facultades— me parecía la verdadera ficción, la verdadera mentira, la construcción endeble frente al edificio sólido de mi deseo.
Pero miento. Miento como he mentido siempre, con la fluidez del que ha hecho de la mentira no un recurso sino una lengua materna, y debo corregirme aquí, al principio, antes de que la costumbre se instale en la narración como la humedad se instala en los muros de esta choza y todo lo que escriba a continuación quede contaminado por esa primera falsedad. Sí hubo actos. Hubo actos que no fueron los que me atribuyeron pero que fueron, a su manera, peores, porque los actos que se cometen en la imaginación tienen la ventaja sobre los actos físicos de que pueden repetirse infinitamente, refinarse, perfeccionarse, como el ebanista perfecciona la pieza en cada nueva iteración hasta que la madera adquiere la forma exacta de su obsesión. Hubo Emilio. Hubo lo que hice con Emilio y lo que Emilio no supo que le hacía mientras yo, sentado frente a él en mi oficina de la Facultad de Letras, le explicaba los mecanismos de la ironía narrativa en Flaubert.
Pero llegaré a Emilio. Emilio merece su propio estrato en esta excavación, su propia capa de sedimento, y no quiero apresurar el descenso. El descenso, en este lugar, es lento. Aquí todo es lento. La marea sube con una lentitud que desafía la paciencia del que la observa, y sin embargo sube, y lo que estaba seco amanece húmedo, y lo que estaba húmedo amanece sumergido, y lo que estaba sumergido desaparece, y nadie vio el momento exacto en que la transición ocurrió.
Me llamo —pero no, el nombre carece ya de importancia. Digamos que fui catedrático. Digamos que impartí durante diecisiete años la cátedra de Literatura Comparada en una universidad del centro del país cuyo nombre omitiré por razones que el lector más sagaz adivinará sin esfuerzo. Digamos que mi reputación era impecable: una bibliografía respetable, una elocuencia que mis colegas calificaban de envidiable, una vida privada que yo custodiaba con el celo de quien guarda no un tesoro sino un cadáver. Varios cadáveres, en rigor. Un osario.
Llegué a la Fosa de los Chaneques —así llaman los lugareños a este tramo de costa, aunque en ningún mapa oficial aparece el nombre— un veintitrés de marzo, cuando el calor de Nayarit aún no alcanza su paroxismo pero ya lo anuncia con la insolencia de un verdugo que afila su hacha a la vista del condenado. La Fosa no es, propiamente, una playa: es una marisma. Un laberinto de esteros y canales de agua salobre que serpentean entre los manglares como las venas serpentean por el dorso de una mano enferma. No hay horizonte. No hay esa apertura del paisaje costero que las postales prometen, esa vastedad del Pacífico extendiéndose hacia el infinito. Aquí el mundo se cierra. Las paredes son de mangle —rojo, blanco, negro, las tres especies entrelazadas en una masa vegetal tan densa que la luz del sol, al mediodía, llega al suelo filtrada, verdosa, submarina, como la luz en el fondo de un acuario—. El techo es de hojas. El piso es de lodo. Un lodo negro, espeso, orgánico, que huele a huevo podrido y a nacimiento y a algo más antiguo, algo anterior a la putrefacción misma, como si la materia en este lugar no se descompusiera sino que regresara a un estado primordial, prebiótico, anterior a la distinción entre lo vivo y lo muerto.
El mangle. Debo hablar del mangle porque el mangle es, en esta historia, no el escenario sino el personaje. El mangle, aprendería después, no es un árbol: es una conspiración vegetal, un organismo colectivo que avanza sobre el agua y la tierra con la misma lentitud implacable con que ciertas ideas avanzan sobre la conciencia. Sus raíces aéreas descienden desde las ramas y se hunden en el lodo con la obscena tenacidad de dedos que se aferran a la garganta de un amante dormido. Pero la metáfora es insuficiente, porque los dedos sueltan, eventualmente, y el mangle no suelta. El mangle crece sobre lo que atrapa. Lo envuelve. Lo incorpora a su estructura. He visto, en los esteros de la Fosa, restos de lanchas, de trampas para cangrejo, de postes de cercas, completamente absorbidos por las raíces: la madera muerta devorada por la madera viva, integrada al organismo como el cuerpo integra un implante, como la mente integra una obsesión hasta que ya no puede distinguirse del tejido original.
La choza que alquilé —un cuarto de block con techo de lámina, ventilador asmático, catre manchado, piso de cemento agrietado por donde asomaban raíces oscuras como venas varicosas de la tierra— se encontraba en un claro entre los manglares, a unos cien metros del estero principal. No había playa. No había arena. Había lodo, vegetación, agua. Y entre el lodo y la vegetación y el agua, un sendero estrecho de tablas podridas que alguien había tendido como puente sobre las zonas inundables y que constituía la única vía de acceso al pueblo más cercano, un caserío de pescadores sin nombre a dos kilómetros de distancia.
Había huido. Llamémoslo así, sin eufemismos. Había huido de la Ciudad de México, de los pasillos de la Facultad, de las miradas que se acumulaban sobre mi persona como moscas sobre la fruta que empieza a fermentar. Y había huido, específicamente, de Emilio.
Emilio. Alumno de sexto semestre. Veintiún años. Autor de un ensayo sobre Baudelaire que califiqué con diez no por su calidad —que era mediocre, casi insultantemente mediocre para un estudiante de su nivel— sino porque necesitaba un pretexto para llamarlo a mi oficina, sentarlo frente a mí, observar el modo en que cruzaba las piernas y se mordía el labio inferior mientras fingía escuchar mis comentarios sobre su trabajo. Digo «fingía» porque Emilio no escuchaba: Emilio toleraba. Toleraba mis correcciones con la paciencia de quien sabe que el precio de una buena calificación incluye, a veces, soportar la compañía del que la otorga.
Pero yo no veía tolerancia. Veía —traduzco ahora, con la distancia brutal que este lugar me ha dado, la mirada que entonces tenía— correspondencia. Veía interés. Veía, en cada visita de Emilio a mi oficina, en cada sesión de «tutoría» que yo prolongaba con preguntas innecesarias sobre Mallarmé o sobre los simbolistas belgas o sobre cualquier tema que me permitiera retenerlo veinte minutos más, una señal. Una invitación. Un mensaje cifrado en el lenguaje del cuerpo que sólo yo, con mi entrenamiento hermenéutico, con mi doctorado en la lectura de subtextos, era capaz de descifrar.
Las tutorías pasaron de la oficina a la cafetería. De la cafetería a un restaurante. Del restaurante —una sola vez, una sola vez que yo recuerdo con la nitidez enfermiza del adicto que recuerda su dosis más pura— a mi departamento, donde le presté un libro de Cavafy y le serví una copa de vino que él bebió de pie, recargado en el marco de la puerta de mi estudio, con el libro en una mano y la copa en la otra, y la luz del atardecer entrándole por la ventana y dorándole la piel del cuello y de los antebrazos con una luminosidad que no era de este mundo sino de la pintura renacentista, de la luce dorata de los venecianos, y yo, sentado en el sofá a tres metros de distancia, lo miraba, y el espacio entre nosotros era un campo magnético cuyas líneas de fuerza yo podía sentir en la piel, en los dientes, en las uñas.
Nunca lo toqué. Que conste. Nunca le puse un dedo encima. Pero comencé a frecuentar el gimnasio al que él asistía, cronometrando mis visitas para coincidir con las suyas. Comencé a pasar por el pasillo de su salón de clases a la hora de su descanso, deteniéndome a «saludar» con una casualidad tan ensayada que debió haber sido transparente para cualquiera que no fuera yo. Le envié mensajes. No uno sino docenas, a lo largo de meses: mensajes que yo catalogaba como «correspondencia literaria» —citas de Catulo, de Cavafy, de Pessoa, poemas de deseo que seleccionaba con la precisión del envenenador que elige la dosis exacta— pero que eran, despojados de su ropaje erudito, lo que cualquier tribunal reconocería como acoso. Mensajes a las dos, a las tres de la madrugada, cuando la soledad de mi departamento se volvía tan densa que las paredes parecen cerrarse y la única salida era la pantalla del teléfono y las palabras que escribía en ella, palabras que iban dirigidas a un muchacho de veintiún años que no las había pedido y que, supe después, las mostraba a sus amigos con una mezcla de incomodidad y diversión.
Nunca lo toqué. Repito esta frase como un mantra, como un conjuro, como la oración que el reo murmura antes de la sentencia, sabiendo que la repetición no altera la verdad pero que la verdad, dicha con suficiente insistencia, puede llegar a sonar como mentira. Y la verdad, la verdad que no dije ante la comisión disciplinaria ni ante el coordinador de carrera ni ante nadie, es que sí lo toqué. Una vez. Una sola vez. Le tomé la mano para mostrarle un pasaje en el libro de Cavafy —»le tomé la mano», así lo describí entonces y así quiero describirlo ahora, como un gesto pedagógico, funcional, un recurso del mentor que guía la mirada del alumno hacia el texto—, pero la mano no se movió hacia el libro. La mano se quedó donde estaba, envolviendo la suya, sintiendo sus nudillos bajo mis dedos, y duró tres segundos, quizá cinco, y en esos cinco segundos viví una vida entera, y cuando la solté, Emilio me miró con una expresión que no era miedo sino algo peor: la comprensión súbita y total de lo que yo era, como si al tocarle la mano le hubiera transmitido, por contacto, toda la arquitectura de mi deseo, todos los planos, todas las elevaciones, todas las secciones del edificio monstruoso que yo había construido en mi cabeza con él como habitante único.
Se fue. No volvió a mis tutorías. No respondió mis mensajes. Y alguien —un amigo suyo, un compañero, un testigo— fotografió las conversaciones y las deslizó en un sobre de papel manila bajo la puerta de la coordinación.
No hubo escándalo formal. La universidad, esa vieja meretriz de la respetabilidad, prefirió la discreción. Hubo la voz trémula del coordinador: «Lo más prudente es que solicites tu año sabático antes de que la comisión se reúna el lunes.» Lo más prudente. Lo más prudente era desaparecer. Y yo, que siempre fui un hombre prudente, obedecí.
Elegí la Fosa de los Chaneques porque necesitaba un lugar donde el mundo exterior dejara de existir. Un lugar sin horizonte, sin distancia, sin la posibilidad de ver lejos. Un lugar que se cerrara sobre mí como las raíces del mangle se cerraran sobre lo que atrapan. Necesitaba, aunque entonces no lo sabía, un lugar que me digiriera.
Los primeros días fueron estupor. Me levantaba al amanecer, obligado por el calor que convertía la choza en un horno, y caminaba por las tablas podridas hasta el estero, donde me sentaba en una raíz de mangle que sobresalía del lodo como un muslo oscuro y contemplaba el agua. El agua del estero no tiene la transparencia del mar abierto: es opaca, parda, del color del té demasiado cargado, y su superficie refleja los manglares con una exactitud inquietante, de modo que mirar el estero es mirar un mundo duplicado, invertido, un mundo donde los árboles crecen hacia abajo y el cielo es de lodo. Bebía mezcal barato. Leía. Había traído conmigo los Cuentos completos de Poe en la traducción de Cortázar, y releí Berenice una tarde en que el aire se volvió tan espeso que respirar era inhalar algodón húmedo. La historia de un hombre obsesionado con los dientes de una mujer me pareció, por primera vez en mi vida, no una alegoría sino un diagnóstico.
Y en las noches, el insomnio. No el insomnio común sino un insomnio activo, presencial, como si la oscuridad del manglar entrara por las rendijas de la choza y se acostara sobre mi pecho con el peso de un cuerpo caliente. Soñaba, invariablemente, con piel joven bajo el sol. Soñaba con Emilio. Soñaba con la mano que tomé y no solté a tiempo. Y cuando despertaba, empapado, con el corazón golpeando las costillas como un animal enjaulado, notaba algo en mis manos: un residuo. Una película de lodo fino, casi imperceptible, que cubría mis palmas y mis dedos como un guante transparente. Me lavaba. El residuo volvía por la noche. Como si el manglar estuviera reclamando mis manos. Como si supiera lo que mis manos habían hecho.