ácto II

«Odio y amo. Por qué lo hago, tal vez preguntas. No lo sé, pero siento que sucede y me atormento»…

— Catulo

Lo vi por primera vez en el estero, una mañana de finales de marzo o principios de abril —la cronología, en este lugar, se disuelve como la sal en el agua salobre, y los días se funden unos con otros hasta formar una masa indistinta de calor, humedad y deseo.

Había caminado más lejos de lo habitual, adentrándome por un canal secundario del estero que se estrechaba entre los manglares hasta convertirse en un túnel vegetal tan cerrado que debía agachar la cabeza para avanzar. La luz, allí dentro, era verde y acuosa, y el silencio tenía una textura distinta al silencio del claro: era un silencio lleno, ocupado, habitado por crujidos de raíces, por el burbujeo del lodo bajo mis pies, por el aleteo ocasional de una garza que se levantaba de las ramas con la lentitud fantasmagórica de un ángel de marfil despegándose de un retablo.

Lo encontré donde el canal se abría en una poza circular, un remanso de agua más clara rodeado de mangles rojos cuyas raíces formaban una jaula natural, una estructura de arcos entrecruzados que se reflejaba en el agua con la complejidad de una bóveda gótica invertida. Estaba de pie sobre una raíz gruesa, con el agua hasta los tobillos, lanzando una atarraya. La red se abría en el aire como una flor geométrica y caía sobre la superficie del remanso con un susurro de seda.

Era joven. Veintiún años, acaso veintitrés. Moreno, de un tono bronceado profundo que los pintores del Renacimiento italiano jamás lograron capturar porque su paleta estaba calibrada para otra raza, otro sol, otra relación entre la carne y el mundo. El torso desnudo, los hombros anchos en proporción con una cintura estrecha, el cabello negro y grueso cayéndole sobre la frente en mechones que parecían húmedos. Llevaba unos pantalones cortos desteñidos, recortados de unos jeans viejos, y nada más.

Me detuve. El corazón —ese órgano que la fisiología describe con frialdad mecánica pero que la experiencia revela como la sede del pánico— se aceleró con una violencia que me obligó a llevarme la mano al esternón. Conocía esa aceleración. La conocía como el alcohólico conoce el primer ardor del trago que rompe meses de sobriedad. La conocía como conocía la mano de Emilio bajo mis dedos.

Él me vio. Levantó la cara y me miró. Y lo primero que noté —lo primero que debí haber registrado como anomalía, como señal, como advertencia, y que en cambio archivé en la carpeta de lo irrelevante porque mi atención estaba ocupada en catalogar la geometría de sus clavículas— fue que no parpadeó. Me sostuvo la mirada durante cinco, diez, quince segundos, con los ojos abiertos, fijos, sin la contracción involuntaria del párpado que la fisiología exige cada cuatro o seis segundos para lubricar la córnea. Ojos que miraban como mira el agua: sin parpadeo, sin interrupción, con la continuidad absoluta de lo que no necesita proteger su superficie porque su superficie es, en sí misma, una barrera.

—Buenos días —dije, y mi voz sonó como la de un hombre que ha olvidado la textura de las palabras.

—Buenos días —respondió. Su voz era grave, ligeramente ronca, como si la sal del estero se le hubiera depositado en la garganta.

Debí haber dado media vuelta. Debí haber regresado por el túnel de mangles hasta el claro y la choza y haberme encerrado y haber empacado la maleta. Pero no lo hice. Me senté en una raíz que sobresalía del lodo —un lodo negro, lustroso, que se adhirió a mis pantalones con la inmediatez de la tinta sobre el papel— y lo observé pescar.

Se llamaba Isaí. Lo supe cuando, una hora después, se acercó con un balde de lisas y robalos que se agitaban en espasmos decrecientes y me ofreció un pescado con la naturalidad de quien ofrece un cigarrillo. Acepté. Le pregunté su nombre. Me lo dijo con una sencillez que yo interpreté como transparencia pero que ahora, retroactivamente, reconozco como otra cosa: la economía del que no necesita elaborar su personaje porque su personaje no tiene interior, no tiene historia, no tiene más profundidad que la que el observador proyecta sobre él.

Le dije que era profesor y que estaba en la costa para escribir un libro. La mentira salió con la fluidez del agua que busca su nivel. Él asintió. —Aquí viene gente a veces. Pero no se quedan mucho.

Lo segundo que debí haber notado: sus pies. Estaba descalzo, y sus pies estaban cubiertos de lodo del estero —ese lodo negro, espeso, que aquí lo cubre todo—, lo cual habría sido normal en cualquier pescador que vadea el manglar. Pero él acababa de estar de pie sobre una raíz, con los pies en el agua clara del remanso. El agua debería haber lavado el lodo. Los pies deberían haber estado limpios, o al menos del color de la piel mojada. Y sin embargo estaban negros. Cubiertos de una capa uniforme de lodo que no era residuo sino piel, o que se comportaba como piel: adherida, integrada, como si el barro fuera la superficie original y lo demás —el torso bronceado, los brazos, el rostro— fuera el disfraz.

No lo noté entonces. O lo noté y lo descarté, como descarté el parpadeo ausente, como descarté tantas cosas que mi deseo necesitaba descartar para poder seguir deseando. El deseo es un editor implacable: elimina de la percepción todo lo que no contribuye a la narrativa que necesita construir, todo dato que contradiga la tesis, toda evidencia que refute la hipótesis. Yo, que enseñaba a mis alumnos a leer los subtextos, a desconfiar de la superficie, a buscar lo que el autor oculta debajo de lo que muestra, era incapaz de aplicar mi propia metodología a la lectura de aquel cuerpo.

Regresé al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Isaí estaba siempre ahí, en la poza entre los mangles, y nuestras conversaciones se fueron alargando con la gradualidad de la marea que sube. Le hablé de libros, de ciudades, de ideas. Le hablé de Melville, de Conrad, de la Odisea. Él escuchaba con una atención que me halagó y que interpreté como interés genuino, sin considerar la posibilidad de que la atención de Isaí no era la del alumno que aprende sino la del depredador que estudia. Que cada dato que yo le ofrecía —cada referencia literaria, cada confesión velada, cada fragmento de mi personalidad que dejaba escapar en la confianza creciente de nuestros encuentros— era un material que él recopilaba, almacenaba, procesaba. Como el mangle procesa lo que atrapa: incorporándolo a su estructura.

Le recité a Catulo. Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior. Odio y amo. Por qué lo hago, acaso preguntas. No lo sé, pero lo siento y me torturo. Y mientras recitaba, observé algo que un hombre menos cegado habría reconocido como el tercer signo: Isaí repitió las palabras en latín. No como las repite el que imita un sonido extraño —con torpeza, con aproximación fonética—, sino con la pronunciación exacta, clásica, con la prosodia correcta de las cantidades largas y breves, como si las hubiera escuchado antes, como si las hubiera oído no de mi boca sino de otra boca, quizás de muchas bocas, quizás de todas las bocas de todos los hombres que alguna vez recitaron a Catulo en un estero oscuro frente a un cuerpo joven que no era lo que parecía.

—¿Dónde aprendiste eso? —pregunté. Sonrió. Y la sonrisa fue perfecta —demasiado perfecta, como la copia de una sonrisa que ha sido estudiada y reproducida con una fidelidad que excede la capacidad de lo espontáneo—, y dijo: —Usted me lo acaba de enseñar, maestro.

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Fin del Acto II

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