Josué
Acto III
Los días después de aquello tuvieron la textura de un sueño lúcido: sabía que estaba despierto, que lo que vivía era real, pero la realidad había adquirido una cualidad distinta, más densa, como si el aire mismo se hubiera espesado y cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. Leandro no cambió su rutina. Seguía surfeando cada tarde, preparando la cena, leyendo en la terraza mientras el sol se hundía en el Pacífico. Pero yo había cambiado. O quizá no había cambiado sino que me había vuelto, por fin, lo que siempre fui debajo de las capas de fingimiento: alguien enamorado no del hombre sino de lo que el hombre hacía en la habitación del fondo.
No volvimos a hablar de ello. No era necesario. El pacto estaba sellado en el silencio, en la forma en que yo ahora pasaba por el pasillo y miraba la puerta cerrada sin apartar la vista, en la forma en que Leandro me observaba mirarla y asentía casi imperceptiblemente, como el que reconoce en otro la misma hambre que lleva dentro. Nuestros encuentros sexuales se intensificaron, pero ya no eran solo sexuales: eran ensayos, eran aproximaciones, eran la forma en que Leandro me enseñaba lo que significaría la entrega final.
Una noche me preguntó si quería ver cómo trabajaba. La pregunta fue formulada con la misma naturalidad con que se pregunta si alguien quiere más vino. Dos noches después llegó una camioneta. Dos hombres bajaron un bulto envuelto en lona y lo llevaron a la habitación del fondo. Leandro me pidió que me quedara en la terraza, que no era prudente que viera eso todavía. Obedecí. Me senté con un mezcal que no bebí y el sonido del oleaje que no escuché, concentrado en los ruidos que venían del interior de la casa: el agua corriendo, el roce de metal contra metal, el silencio que siguió y que duró horas.
Cuando Leandro salió, olía a jabón antiséptico y a algo más tenue, algo orgánico que reconocí sin necesidad de nombrarlo. Se sentó a mi lado. Me tomó la mano. Mis dedos estaban perfectamente quietos entre los suyos.
—¿Sabes lo que hago? —preguntó.
—Sé lo suficiente.
—¿Y te quedas de todos modos?
—Me quedo por eso —dije, y al decirlo supe que era verdad, que la gramática de mi respuesta era exacta: no a pesar de sino por, no aunque sino porque, la preposición que convierte el obstáculo en fundamento.
Leandro me miró con una expresión que nunca le había visto: algo que podía ser ternura o podía ser lástima o podía ser la mezcla de ambas, la mirada del que reconoce en otro una enfermedad terminal y no puede hacer nada excepto acompañarlo en su progresión.
—Hay alguien que quiero que conozcas —dijo—. Viene de Bahía de Banderas. Trabaja conmigo a veces. Es médico forense, pero no del tipo que trabaja para el Estado. Entiende… lo que hago. Lo que hacemos.
La palabra hacemos me atravesó como un alfiler. Ya no era él solo. Era hacemos. Yo ya estaba incluido en la operación, en la sintaxis de lo que ocurría en esa casa. Y en lugar de horror, sentí algo que se parecía peligrosamente a la euforia.
El médico llegó una semana después. Leandro nos presentó con la economía habitual: «Este es Josué. Se queda.» Y en esas dos palabras —se queda— estaba todo: la decisión, la permanencia, la conversión de lo provisional en definitivo. El médico me miró con una atención clínica, profesional. Luego asintió.
—¿Estudiaste medicina? —preguntó.
—Cuarto año.
—Bien. Eso ayuda.
No preguntó por qué había dejado la carrera. No preguntó nada que no fuera directamente relevante para la tarea. Y esa economía de la curiosidad me reveló más sobre él: era alguien acostumbrado a trabajar con fragmentos, con piezas que no necesitan historia completa para funcionar, con cuerpos que han dejado de ser biografías.
Los tres cenamos en la terraza. Hablaron de logística, de rutas, de tiempos. Yo escuchaba sin intervenir, absorbiendo el vocabulario de ese mundo paralelo donde los cuerpos eran «material» y la desaparición era «procesamiento». Y mientras escuchaba, mis manos no temblaban. No temblaban en absoluto.
Esa noche, Leandro me llevó a la cama y me hizo el amor con una intensidad nueva, casi violenta, como si necesitara marcarme, como si necesitara dejar claro que yo era suyo no por accidente sino por elección. Y cuando terminamos, me dijo:
—No va a ser ahora. No pronto. Pero algún día, cuando estés listo, voy a ponerte en esa mesa. Y vas a dejar de temblar para siempre.
No era una amenaza. Era una promesa. Y yo le dije que sí.
Esta mañana Leandro se levantó temprano. Preparó café. Sonó el teléfono. Contestó en la terraza, con la vista fija en las Islas Marietas. Monosílabos. Colgó. Me miró con una expresión que contenía algo que yo no puedo nombrar.
—Tengo que salir —dijo. Asentí. Se fue.
Estoy solo en la casa. Desde la terraza veo el panteón en el cerro de enfrente y el Pacífico abajo, y entre los dos, Sayulita despertando con la lentitud de un organismo que no tiene prisa por estar vivo. La puerta del pasillo está cerrada, pero la llave está en el cajón de la mesa de noche, debajo de Pedro Páramo, esperándome.
Sostengo esta taza de café con ambas manos y noto lo que llevo notando desde aquella noche: mis manos ya no tiemblan. El temblor que comenzó en el anfiteatro de disección se ha detenido. Mis dedos están quietos, firmes, perfectamente estables. Es lo más aterrador que me ha pasado, y no me aterra.
Mi madre diría que el síntoma desapareció porque encontré lo que buscaba. Tendría razón, como siempre tuvo razón sobre la casa de ladrillos y la puerta que desaparece. Solo que lo que yo buscaba no era la cura. Era la enfermedad perfecta.
Leandro va a volver. Y yo voy a estar aquí, con las manos quietas esperando el día en que esas manos firmes me pongan donde debo estar, en esa mesa de acero bajo la luz cenital, inmóvil, documentado, convertido por fin en el objeto que siempre quise ser.
Los ladrillos ya no son una casa. Son yo.
Y adentro, finalmente, no tiembla nada.