Noé

Acto I

Que nadie confunda lo que aquí escribo con una advertencia. Las advertencias presuponen que el peligro puede evitarse, que existe una puerta por la cual salir del laberinto, un gesto que conjura la catástrofe. Yo ya no creo en puertas. He aprendido —con la pedagogía lenta y exacta del sufrimiento, que es el único maestro que no admite alumnos mediocres— que hay fuerzas en el mundo cuyo oficio no es destruir sino succionar, arrastrar, tragar, y que operan no con la violencia del golpe sino con la paciencia del agua que se retira de la orilla arrastrando consigo la arena, grano a grano, hasta que lo que parecía suelo firme se revela como vacío.

Los surfistas tienen un nombre para eso. Le llaman resaca. La corriente invisible que corre debajo de la superficie, perpendicular a la playa, y que arrastra hacia el mar abierto a quien no sabe detectarla. La instrucción para sobrevivir a una resaca es contraintuitiva: no nadar contra ella, no luchar, no agotar las fuerzas en el combate frontal contra una fuerza superior. La instrucción es dejarse llevar. Nadar en paralelo a la costa hasta salir del canal de la corriente, y entonces, sólo entonces, virar hacia la playa. Pero esa instrucción presupone calma, presupone lucidez, presupone una inteligencia del cuerpo que el pánico anula. Y el pánico —eso también lo he aprendido— no es una emoción: es un animal que vive dentro del pecho y que, al despertar, devora todo lo demás.

Llegué a Sayulita en junio, cuando la temporada de lluvias convierte la costa nayarita en un invernadero sin techo y el pueblo entero huele a vegetación mojada, a protector solar rancio y a esa fermentación dulzona que emana de la fruta madura que se pudre en los puestos del mercado antes de que nadie la compre. Venía de Guadalajara, donde había pasado los últimos ocho meses encerrado en un departamento del barrio de Chapultepec trabajando en una traducción que se negaba a terminar: la versión al español de una novela norteamericana sobre un hombre que se obsesiona con una casa y cuya obsesión termina devorándolo. La ironía de mi situación no me era invisible; era, por el contrario, tan visible que dolía, como duele la luz del sol cuando se mira directamente.

Soy traductor. Lo he sido durante veintisiete años, y si algo he aprendido en ese oficio es que toda traducción es un fracaso controlado: un intento de decir en una lengua lo que fue dicho en otra, sabiendo de antemano que el trasvase nunca será perfecto, que siempre quedará un residuo, un sedimento de significado que se precipita al fondo del texto como la arena se precipita al fondo del vaso y que ninguna cantidad de agitación logrará disolver. He traducido novelas, ensayos, poesía, manuales técnicos, contratos legales, cartas de amor ajenas. He sido, durante casi tres décadas, un ventrílocuo profesional: alguien que habla con la voz de otros, que piensa con la cabeza de otros, que siente —o finge sentir— con el cuerpo de otros. Y esa habilidad, esa capacidad de habitar una subjetividad ajena como quien habita una casa alquilada, me ha servido no sólo como medio de vida sino como mecanismo de supervivencia. Porque mientras traduzco, mientras mi mente está ocupada en el laberinto de equivalencias léxicas y desplazamientos sintácticos que constituyen la materia prima de mi trabajo, no tengo que pensar en mí. No tengo que ser yo. Y no ser yo ha sido, durante la mayor parte de mi vida adulta, mi ambición más constante y más secreta.

Tengo cincuenta y dos años. Soy un hombre de estatura mediana, complexión delgada, rostro anguloso que alguna vez fue llamado «interesante» por una mujer generosa y que el tiempo ha ido convirtiendo en un mapa topográfico de la fatiga. Uso lentes. Me quedo calvo por la coronilla. Fumo demasiado. Bebo lo suficiente para que la palabra «problema» haya sido pronunciada, en diversas ocasiones, por personas que creían quererme.

No he tenido —ésta es la confesión que duele, la que he pospuesto durante páginas como el paciente pospone la cita con el oncólogo— una relación sentimental estable en mi vida. He tenido encuentros. Episodios. Colisiones furtivas en la oscuridad de bares, saunas, departamentos prestados, cuartos de hotel pagados por hora. He tenido aplicaciones de citas en el teléfono, perfiles con fotos recortadas a la altura del cuello para que el rostro no aparezca, conversaciones que comienzan con dimensiones anatómicas y terminan con la puerta cerrándose y el sonido del agua corriendo en el lavabo del otro lado de la pared. He tenido, en suma, sexo sin nombre, sin rostro, sin consecuencia. Y cada vez que termina —cada vez que la descarga eléctrica del orgasmo se apaga y queda sólo el cuerpo del otro, repentinamente ajeno, repentinamente innecesario, como una herramienta que se guarda después de usarla—, prometo que será la última. Y nunca es la última.

Pero entre todos esos cuerpos sin nombre hubo uno que tuvo nombre. Uno que duró más de una noche. Uno que se instaló en mi vida con la tenacidad del líquen que se adhiere a la roca y que no puede ser retirado sin arrancar un trozo de la roca misma.

Se llamaba Julián. Tenía veinticuatro años cuando lo conocí, cuarenta y siete yo. Era estudiante de letras hispánicas —la proximidad con mi oficio debió haberme alertado, como la proximidad del imán alerta a la brújula, pero no la leí como señal sino como afinidad—. Lo conocí en una lectura de poesía en una librería del centro de Guadalajara, uno de esos eventos a los que asisten quince personas que se conocen entre sí y que aplauden con la obligación litúrgica del feligrés que responde al salmo. Él leyó un poema. No recuerdo el poema. Recuerdo su voz: grave, ligeramente nasal, con una textura áspera que contrastaba con la suavidad de su aspecto —delgado, piel clara para el estándar jalisciense, manos largas que movía al hablar como si las palabras tuvieran forma y él intentara moldearlas en el aire.

Duró ocho meses. Ocho meses durante los cuales yo viví en un estado de euforia intermitente que confundí con felicidad y que no era sino la manifestación clínica de la adicción: el circuito de recompensa disparándose cada vez que su nombre aparecía en mi teléfono, cada vez que su cuerpo aparecía en mi puerta, cada vez que su boca aparecía sobre la mía y el mundo se reducía, momentáneamente, a un punto de calor y presión que excluía todo lo demás.

Ocho meses, y luego el final. No dramático, no violento, no escénico. Un final blando, como el de la fruta que madura demasiado y simplemente se suelta de la rama. Julián me dejó —la pasividad del verbo es exacta: yo fui dejado, como se deja un objeto sobre una mesa— con una frase que he vuelto a recitar en mi memoria tantas veces que ha perdido el sentido, como una palabra que se repite hasta convertirse en sonido puro: «No me das lo que necesito.» ¿Y qué era lo que necesitaba? No lo dijo. O lo dijo y yo no entendí, porque la traducción más difícil del mundo no es de un idioma a otro sino de una persona a otra, y yo, que he dedicado mi vida a traducir, resultó ser analfabeto en la única lengua que importaba.

Se fue con un hombre de su edad. Un muchacho con barba de tres días y una mochila de tela y esa seguridad animal de los jóvenes que todavía no han descubierto que el mundo puede herirlos. Los vi juntos una vez, en la calle, tomados de la mano con la desenvoltura de una generación que ha conquistado el derecho a tocarse en público, y sentí algo que no fue celos —los celos son demasiado refinados, demasiado humanos para lo que yo sentía— sino una especie de implosión sorda, un colapso de las estructuras internas que me mantenían en pie, como cuando un edificio es demolido con cargas controladas y cae sobre sí mismo en una nube de polvo y silencio.

La traducción, que yo había aceptado antes de conocer a Julián y que debería haber entregado tres meses después de su partida, se convirtió en mi excusa para no salir del departamento, para no bañarme, para no comer más que galletas saladas y latas de atún, para beber mezcal desde el mediodía sentado frente a la pantalla de la computadora donde las palabras del novelista norteamericano me miraban con la paciencia inerte de los muertos, esperando a que yo les diera una voz en español que yo ya no tenía porque mi propia voz se había ido con Julián, metida en su mochila de tela junto con sus libros y sus calcetines y mi capacidad de articular una frase que no estuviera contaminada por su ausencia.

Fue mi editora quien sugirió Sayulita. «Vete a algún lado», me dijo por teléfono, con esa mezcla de cariño y exasperación que caracteriza a las personas que han decidido salvarte a pesar de ti mismo. «Llévate la laptop, trabaja desde la playa, toma el sol, respira. Me entregas en agosto. Ya negocié con los gringos.» Sayulita, dijo, porque una amiga suya tenía un bungaló disponible, porque era barato, porque el pueblo estaba lleno de extranjeros que no harían preguntas, porque el mar, según ella, «cura todo». El mar, esa farmacia infinita del lugar común.

El bungaló estaba en la parte alta del pueblo, en un callejón empinado que subía desde la calle principal hacia el cerro cubierto de selva que se levanta al norte de la playa. Era una construcción de un solo cuarto, con paredes de tabique rojo sin aplanar, techo de palapa, piso de loseta, un ventilador de pedestal y una hamaca colgada en el porche desde donde se veía, entre los techos de lámina y las copas de los árboles, un triángulo de mar azul. Azul. El mar de Sayulita, a diferencia del mar denso y grisáceo que había conocido en otros puntos de la costa nayarita, era de un azul casi agresivo, un azul que parecía no un color sino una declaración de principios, como si el océano en ese punto hubiera decidido ser hermoso con la determinación implacable de quien sabe que la hermosura es una forma de violencia.

El pueblo mismo era una paradoja ambulante. En su origen, un asentamiento de pescadores; en su presente, un bazar turístico donde la estética del hippie chic se superponía a la pobreza real como un filtro de Instagram se superpone a una fotografía sin retocar. Tiendas de ropa de manta con precios en dólares. Restaurantes de comida orgánica atendidos por canadienses rubios y bronceados. Galerías de arte que vendían alebrijes a turistas de California. Y entre todo eso, como los restos de un naufragio que la marea turística no había logrado cubrir del todo, los vestigios del pueblo viejo: la iglesia de la Virgen de Guadalupe con su fachada descascarada, las casas de adobe con techos de teja, los viejos sentados en sillas de plástico frente a sus puertas mirando pasar el desfile de cuerpos semidesnudos con una expresión que no era de escándalo ni de envidia sino de una perplejidad cansada, la perplejidad de quien ha visto su mundo transformarse tantas veces que ya no se molesta en preguntar en qué se transformará después.

Y en todas partes, a todas horas, como una tribu nómada cuyo territorio fuera el agua misma, los surfistas.

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