Noé

Acto IV

No volví a tomar clases de surf. No volví a la Playa de los Muertos. No volví al bar del Palmar. Me encerré en el bungaló con la computadora y la traducción y la botella de mezcal, y durante cinco días trabajé con una intensidad maniática, febril, traduciendo página tras página de la novela del norteamericano con una fluidez que no había tenido en meses, como si el rechazo de Noé hubiera desbloqueado un canal que la obsesión había obstruido, como si la energía que yo destinaba a desear pudiera redirigirse, mediante un acto de violencia interior, hacia la tarea de poner en español lo que otro había escrito en inglés.

Pero en las noches, cuando la computadora se apagaba y el mezcal empezaba a hacer su trabajo de excavación —porque el alcohol no embota, no adormece: excava, remueve, desentierra lo que la sobriedad ha sepultado—, la Playa de los Muertos regresaba. No como recuerdo sino como presencia. Como un sonido: ese oleaje lento, profundo, respiratorio, que era distinto al oleaje de Sayulita y que yo podía oír a través de las paredes de palapa del bungaló, por encima del ruido de la calle y de la música de los bares, como una frecuencia baja que atravesaba todos los demás sonidos y llegaba hasta mi cráneo y se instalaba ahí, vibrando, pulsando.

Y con el sonido, algo más. Una sensación en las plantas de los pies: la succión. La arena moviéndose. El ombligo abriéndose. Estaba acostado en la cama del bungaló, a trescientos metros de la playa más cercana, y sin embargo sentía debajo de mí, debajo del colchón, debajo del piso de loseta, debajo de la roca y la tierra sobre la que se asentaba la construcción, el movimiento de algo que se abría, que se ensanchaba, que subía.

Al sexto día, alguien tocó la puerta del bungaló. Eran las tres de la madrugada.

Abrí. No había nadie. Pero en el escalón del porche, colocado con la deliberación de una ofrenda, había un objeto: una concha de mar. Grande, del tamaño de mi puño, de un blanco amarillento, con la superficie lisa y el interior nacarado de un rosa pálido que la luna, esa noche casi llena, hacía brillar como carne viva. No era una concha de las que se encuentran en la playa de Sayulita. Era una concha de aguas profundas, de las que sólo aparecen en la orilla cuando una tormenta remueve el fondo o cuando algo, desde abajo, las envía.

La levanté. Estaba fría. Y húmeda, no con la humedad del rocío nocturno sino con la humedad del mar, una humedad salada, orgánica, que tenía el olor inconfundible de la profundidad: ese olor a yodo y a hierro y a algo más antiguo, preverbal, prebiótico, el olor de lo que existía antes de que la primera criatura saliera del agua y pusiera pie en la tierra.

La acerqué a mi oído. El gesto es un lugar común, lo sé —el turista que escucha el mar en la concha, la metáfora gastada de la memoria oceánica—, pero lo que oí no fue el rumor genérico que la acústica explica como la resonancia de la sangre circulando en los capilares del pabellón auditivo. Lo que oí fue una voz. Una voz que hablaba en un idioma que yo no conocía pero que, de algún modo, entendía, como a veces se entiende un poema en una lengua extranjera no por las palabras sino por la cadencia, por la respiración, por el ritmo que las palabras imponen al aire y que el cuerpo recibe como una instrucción anterior al significado. Y lo que la voz decía —lo que yo traducía, inevitablemente, porque traducir es lo único que sé hacer, la única forma que tengo de procesar el mundo— era una invitación. No una orden, no una súplica, no una amenaza: una invitación. Como la que un anfitrión extiende a un huésped esperado desde hace mucho tiempo, con la cortesía paciente de quien sabe que el huésped llegará, que siempre llega, que la puerta está abierta y la mesa puesta y la silla vacía y que la única pregunta no es si vendrá sino cuándo.

Solté la concha. Cayó al suelo del porche y se rompió en tres pedazos, y de su interior salió un chorro de agua oscura, espesa, que se derramó sobre la loseta y se extendió en una mancha con forma de —pero no, no era una forma, era mi mente buscando formas donde no las había, era mi manía de traductor imponiendo significado a lo que no tiene significado, porque el agua no tiene forma, el agua toma la forma de lo que la contiene, y yo, esa noche, era el contenedor, y el agua que salió de la concha tenía la forma exacta de mi miedo.

Bajé al pueblo a la mañana siguiente. Necesitaba ver a Noé. No para tocarlo —esa compulsión se había transformado en otra cosa, en algo que ya no era deseo sino necesidad de confirmación, necesidad de saber que él existía, que era real, que no era otra manifestación del agujero, otra voz que subía desde el fondo—. Lo busqué en la playa. No estaba. Pregunté a otros surfistas —lo conocían todos, o decían conocerlo— y me dijeron que no lo habían visto en días, que a veces desaparecía, que era así, que iba y venía, que «Noé es como el mar, nunca sabes cuándo va a estar».

Fui a la parte alta del pueblo. Busqué el cuarto que me había dicho que alquilaba, cerca del panteón. Encontré la casa: una construcción modesta, de block, con un patio de tierra donde picoteaban tres gallinas. Toqué la puerta. Abrió una mujer de mediana edad, con un delantal y los ojos enrojecidos.

—Busco a Noé —dije.

La mujer me miró. Me miró con una expresión que reconocí porque la había visto antes, en otro contexto, en otra vida: la expresión de alguien que evalúa si el interlocutor está loco o es peligroso o ambas cosas.

—¿Cuál Noé?

—Noé. El que da clases de surf. Me dijo que vivía aquí.

La mujer negó con la cabeza.

—Aquí no vive ningún Noé. Aquí vivo yo sola desde que mi hijo se fue.

—¿Se fue adónde?

—Al mar. Se fue al mar. Hace cuatro años. Salió a surfear un día de tormenta y no volvió.

Algo en mi vientre se contrajo. Un espasmo frío, húmedo, como si el agua de la concha se hubiera filtrado dentro de mí y estuviera ahora recorriendo mis órganos con la paciencia de una marea que sube.

—¿Cómo se llamaba su hijo?

—Noé —dijo la mujer, y la palabra salió de su boca no como un nombre sino como un sonido que el mar hace cuando exhala, cuando devuelve a la orilla lo que se llevó, pero cambiado, transformado, irreconocible.

No le pregunté más. No hacía falta. Caminé de regreso al pueblo por el sendero que pasaba junto al panteón, y al pasar por la tumba de la lápida azul —la del rostro que se parecía al de Noé—, me detuve y limpié la fotografía con la manga de la camisa y leí el nombre que la primera vez no había registrado: Noé Iván Carrillo López. 1979-2001.

Pero las fechas eran diferentes a las que la mujer había dado. Cuatro años, había dicho ella. Cuatro años desde que su hijo se fue. Pero la tumba decía 2001. Más de veinte años. ¿Quién estaba equivocada: la mujer o la lápida? ¿O el equivocado era yo, que intentaba aplicar la aritmética del tiempo ordinario a algo que no pertenecía al tiempo ordinario, a algo que venía del agujero, del fondo, de ese lugar donde el agua sube trayendo conchas que no son de aquí y arena que no es arena y voces que no son voces?

Regresé al bungaló. Me senté en el porche. Los tres pedazos de la concha seguían en el suelo, y la mancha de agua oscura se había secado, pero en la loseta quedaba una marca, una decoloración, un fantasma de humedad que tenía —ahora sí lo veía, ahora sí podía leerlo— la forma de una mano abierta. Una mano extendida. Una mano que ofrecía o que pedía, y la diferencia entre ambas cosas era, como la diferencia entre un volcán dormido y uno extinto, no geológica sino teológica.

♦ ♦ ♦

Estoy escribiendo esto en el bungaló. Es de noche. La traducción está terminada. Cuatrocientas treinta y dos páginas de un hombre obsesionado con una casa que lo devora, traducidas al español por un hombre obsesionado con un cuerpo que el mar se llevó. O que el mar envió. O que el mar inventó para mí, como se inventa un anzuelo para un pez específico: con la forma exacta, el brillo exacto, el movimiento exacto que ese pez particular no puede resistir.

Desde el porche del bungaló puedo ver, entre los techos y los árboles, el triángulo de mar nocturno. La luna lo ilumina. Y en la superficie, donde no debería haber nada más que el reflejo de la luz lunar sobre el agua negra, hay algo. Una forma. Un cuerpo que flota boca arriba, con los brazos extendidos, el cabello oscuro abierto en abanico alrededor de la cabeza, meciéndose con el oleaje lento, respiratorio, de la Playa de los Muertos.

No es Noé. Sé que no es Noé porque Noé no existe, o existe de un modo que el verbo «existir» no sabe conjugar: en un tiempo que no es pasado ni presente sino un eterno retorno del ahogado a la superficie, una pleamar de los muertos que sube y baja con la luna, trayendo consigo los rostros que los vivos necesitan ver para que la resaca funcione, para que el nadador deje de nadar en paralelo a la costa y gire, finalmente, hacia mar abierto.

Oigo la concha. Los pedazos, rotos, siguen sonando. La voz sigue hablando. La invitación sigue abierta.

Y la marea sube.

Y mis pies están mojados, aunque no me he movido del porche.

Y el agua, como siempre, como en todas partes, como en cada historia que he traducido y cada historia que he vivido y cada historia que ya no podré distinguir de las otras, el agua viene a mí. Sube por la colina, sube por los escalones, sube por mis tobillos y mis rodillas y mis muslos, y es fría, y es salada, y tiene el olor de la profundidad, y trae consigo —puedo sentirlo contra las piernas, puedo sentir la forma de sus dedos, la presión de sus palmas— unas manos que no me empujan sino que me invitan, que me dicen déjate, que me dicen no pelees, que me dicen ya con la voz de Noé y la voz de Julián y la voz de todos los cuerpos que he deseado y no he podido tener y la voz del agua misma, que es anterior a todas las voces y que será la última voz que quede cuando todas las demás se hayan ahogado.

No voy a luchar contra la resaca.

Ya no sé nadar en paralelo a la costa.

Ya no sé dónde está la costa.

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