Acto II

Durante los días que siguieron, Héctor apareció en mi vida con la regularidad de la marea misma. No lo buscaba —o me decía a mí mismo que no lo buscaba, aunque cada caminata vespertina, cada deriva hacia la zona de rocas más allá de la Boca, era una forma de invocación—. Él simplemente estaba allí: sentado en la arena al borde de las rocas, o nadando con brazadas largas entre la espuma, o de pie sobre algún peñasco con la mirada perdida en el horizonte como un mascarón de proa tallado en carne morena. Siempre con el mismo short de manta: el mismo desgarrón en la cadera izquierda, el mismo amarillo de tela lavada mil veces. No le conocí otra ropa.

Supe pocas cosas de él, y cada una me fue revelada como quien suelta monedas de oro con parsimonia calculada para mantener el hambre. Tenía veintidós años. Había bajado de la sierra hacía algún tiempo —»hartos años», dijo, con una vaguedad que entonces tomé por timidez y que ahora interpreto como exactitud—. No tenía familia visible, ni empleo aparente. Vivía, según me dijo, «de lo que la mar le daba». Pescaba, sí, pero no con la disciplina de los pescadores locales; más bien parecía que el mar le entregaba sus ofrendas voluntariamente, como un devoto ante un ídolo. Lo vi sacar del agua, con las manos desnudas, pargos y robalos que otros hombres perseguían durante horas con redes y anzuelos. Lo vi sumergirse durante minutos que me parecían imposibles y emerger sin jadeo, sin esfuerzo, como si el océano fuera su elemento natural y la tierra un exilio.

♦ ♦ ♦

El sexto día ocurrió algo que anoté en mi cuaderno y que luego, cobardemente, tachoneé con tinta hasta volverlo ilegible. Caminábamos por las rocas cuando un pescador viejo apareció en dirección contraria, cargando un balde de carnada. El hombre pasó a menos de dos metros de nosotros. Me saludó con una inclinación de cabeza. A Héctor no lo miró. No lo esquivó, no lo ignoró deliberadamente: simplemente pasó junto a él como se pasa junto a una roca más, como si en el espacio que Héctor ocupaba no hubiera nada excepto aire y brisa marina.

—¿Lo conoces? —pregunté.

Héctor se encogió de hombros.

—La gente de aquí no me mira —dijo. Y añadió algo que debió haberme helado la sangre, pero que en ese momento me pareció una confesión de soledad, y la soledad me era tan familiar que la recibí como un gesto de intimidad—: Nomás usté me ve.

Esa misma tarde, doña Refugio me preguntó si no me aburría «tan solo». Le mencioné que había hecho un amigo. La mujer me miró con algo que entonces interpreté como indiferencia.

—Por las rocas no vive nadie —dijo—. Ahí no se puede vivir.

Se persignó. Un gesto rápido, automático, como el de quien espanta una mosca. Entonces añadió algo que dijo mirando hacia la pared, como si no quisiera que las palabras le tocaran los labios de frente:

Mi abuela decía que el mar no suelta lo que agarra. Que a veces lo devuelve, pero no lo suelta.

No le di importancia. No quise dársela.

Por las noches, en la hamaca del porche, me descubría haciendo cosas que jamás había hecho. Me pasaba las yemas de los dedos por los labios, tratando de reconstruir la geometría de su boca. Miraba mis propias manos —manos de profesor, manos de tiza y de páginas, manos que durante treinta y ocho años solo habían tocado lo que se esperaba que tocaran— y las cerraba alrededor del aire tratando de recordar la circunferencia exacta de su muñeca. En Guadalajara, mi cuerpo había sido una herramienta para trasladar mi cabeza de un aula a otra, de un escritorio a una cama matrimonial donde el sexo era un trámite. Ahora mi cuerpo empezaba a pesar, a ocupar espacio, a tener hambre de algo que no era comida.

Una mañana me miré en el espejo roto del baño y noté que el cuello me picaba. Me rasqué. No vi nada. Pero la picazón no se fue.

♦ ♦ ♦

Fue él quien cruzó la línea. Siempre fue él.

La séptima noche después de nuestro encuentro —la cuento porque la conté entonces, porque cada día sin verlo era un día tachado y cada día con él era un día marcado con fuego— caminamos juntos hasta la Boca al caer el sol. El río estaba crecido por las lluvias de la tarde, y la corriente nos llegaba a medio muslo. Héctor se detuvo en medio del cauce y se dejó caer hacia atrás, flotando con los brazos abiertos, y el agua dulce del río y la salada del mar se disputaban su cuerpo como dos amantes celosos. Se rio —una risa baja, oscura, que el rumor del agua casi se tragó—, y luego se puso de pie y me miró.

—¿Por qué me mira ansina? —preguntó. No había acusación en su voz. Había, si acaso, un hambre que espejaba la mía.

—No sé de qué hablas —mentí.

—Pos sí sabe.

Se acercó. El agua nos envolvía las piernas y la noche caía con esa velocidad que tiene en los trópicos, como un telón que alguien dejó caer de golpe. No había luna. Las estrellas empezaban a asomar, pero su luz era insuficiente, y Héctor era más una presencia que una imagen: el calor de su piel irradiando hacia la mía antes de que se tocaran, el olor a sal y a algo más, algo vegetal y profundo, como madera húmeda. Y debajo, otra vez, ese rastro apenas perceptible de fibra empapada, de cáñamo viejo.

Su mano encontró mi pecho. La posó allí, sobre el esternón, y sentí cada uno de sus dedos como una marca. Mi corazón latía contra su palma con la violencia de un animal atrapado.

Quédese queto —susurró. Y luego, con la misma naturalidad con que uno respira, con que la marea sube, se inclinó y me besó.

Yo había besado antes. Pero aquello no se parecía a ningún beso conocido, del mismo modo en que un incendio no se parece a una vela. Su boca era caliente y sabía a sal, y su lengua buscó la mía con una seguridad que me desarmó. Mis manos, que habían permanecido inertes a los costados de mi cuerpo como las de un muerto, cobraron vida propia y se aferraron a su cintura, y al tocar esa piel —firme, lisa, ardiente bajo la capa de humedad— emití un sonido que no reconocí como mío: un gemido, o un sollozo, o ambas cosas.

Héctor me sostuvo. Me besó con una lentitud que era una forma de crueldad, deteniéndose para morder suavemente mi labio inferior, para recorrer con la punta de la lengua la línea de mi mandíbula, para hundir la boca en mi cuello. Sus manos descendían por mi espalda y me atraían hacia él. Sentí su cuerpo entero contra el mío —el pecho duro contra mi pecho, las caderas encajando con las mías con una precisión que parecía predestinada— y la evidencia de su deseo presionando contra mi muslo, y la mía contra el suyo, y el agua del río fluyendo alrededor de nosotros como si fuéramos dos rocas más en su cauce.

Cuando su boca alcanzó la base de mi cuello, sentí un frío repentino. No en todo el cuerpo: solo allí, en una franja horizontal debajo de la nuez. Como si alguien hubiera posado una cuerda helada sobre mi garganta. Duró un segundo. Luego sus labios se movieron hacia la clavícula y el frío desapareció.

Esa noche no fuimos más lejos. No fue necesario. Lo que ocurrió en la Boca, de pie en el agua, bajo un cielo sin luna, bastó para demoler los cimientos de todo lo que yo creía ser. Cuando nos separamos —cuando él se separó, porque yo no habría tenido la fuerza de hacerlo— me miró con una expresión que, a la escasa luz de las estrellas, me pareció de compasión.

—Mañana —dijo. No era una pregunta. Era una sentencia.

Y yo asentí, porque ¿qué otra cosa podía hacer un hombre que acaba de descubrir que lleva casi cuatro décadas ahogándose en tierra firme y que alguien, por fin, le ha mostrado el agua?

♦ ♦ ♦

Las noches que siguieron tuvieron la cualidad de los sueños febriles: intensas, ininterrumpidas, lógicas solo dentro de su propia lógica. Héctor me guiaba siempre —con firmeza, con paciencia, con una experticia que a veces me inquietaba y que siempre me enloquecía—. Me enseñó a tocar el cuerpo de un hombre como si fuera un instrumento cuyas cuerdas yo hubiera ignorado toda la vida. Me enseñó que la entrega no es debilidad sino una forma distinta de poder.

La segunda noche me llevó al Boquerón.

Para llegar fue necesario cruzar la zona de rocas con la marea ya alta, y el trayecto fue un acto de fe ciega. El agua nos cubría hasta el pecho en algunos tramos, y las olas rompían contra el acantilado con una fuerza que amenazaba con arrancarnos de las rocas. Héctor me tomaba de la mano y me jalaba, y yo lo seguía con la obediencia absoluta del que ha dejado de pertenecerse a sí mismo. La Piedra de la Campana quedó a nuestra izquierda, semiinvisible en la oscuridad, y su tañido nos acompañó como un metrónomo fúnebre.

Pero cuando cruzamos el último tramo de rocas y llegamos al Boquerón, el mundo cambió. Una playa pequeña, encerrada entre rocas caídas del cerro que se apilaban como los escombros de una fortaleza. Pero donde la arena comenzaba a encontrarse con el mar, toda aspereza desaparecía: la arena era suave, finísima, y el agua —a diferencia del agua turbia del resto de la costa— era transparente, mansa, como si aquel rincón existiera en un pliegue del tiempo donde el océano había olvidado su furia. El agua clara reflejaba las estrellas, y por un momento tuve la impresión de estar entrando no al mar sino al cielo invertido.

♦ ♦ ♦

Héctor se desvistió sin ceremonia, con la naturalidad de quien se despoja de algo innecesario. Lo vi entero por primera vez en esa penumbra estelar, y la belleza de su cuerpo desnudo me golpeó con la fuerza de una revelación. No hay otra forma de decirlo. Cada línea, cada plano de su anatomía era una refutación de la fealdad del mundo. Se metió al agua y me tendió la mano.

—Véngase.

Me desnudé con manos torpes. En Guadalajara me desvestía siempre a oscuras, de espaldas a la que fue mi esposa, con la eficiencia funcional de quien se quita un uniforme de trabajo. Aquí, frente a él, mis dedos tropezaban con cada botón como si estuvieran aprendiendo un alfabeto nuevo. Pero Héctor no me dio tiempo para la vergüenza. Cuando entró al agua —tibia, increíblemente tibia, como si brotara de alguna fuente termal submarina— él me recibió con los brazos abiertos y me atrajo hacia sí.

Lo que siguió fue un derrumbe. No encuentro otra palabra. Héctor me besó con una voracidad nueva, distinta de la ternura de la primera noche: sus manos recorrieron mi cuerpo con una intención que no dejaba espacio para la duda, explorando, apretando, marcando. Sus dedos encontraron los puntos exactos donde el placer se convierte en algo indistinguible del dolor. Me rodeó la cintura con las piernas, me obligó a sostenerlo en el agua que nos llegaba al pecho, y el contacto de su piel contra la mía —la fricción de su dureza contra mi vientre, el calor de su aliento en mi oído— me arrancó del mundo conocido. Me murmuró cosas que no repetiré porque pertenecen a la oscuridad que las produjo, palabras sucias y tiernas en un español arcaico y costeño que las hacía sonar como encantamientos, como fórmulas mágicas cuyo poder residía tanto en el sonido como en el sentido. «Ansina», me decía. «Mero ansina. No le saque.»

Me tomó de la mano y la guió hacia abajo, bajo el agua, y me enseñó cómo tocarlo: con qué presión, con qué ritmo, con qué variaciones. Su cuerpo respondía a mis caricias con una elocuencia que el lenguaje no podría igualar: se arqueaba, se tensaba, temblaba. Cuando su respiración se aceleró y su frente cayó sobre mi hombro, y yo sentí su boca abierta contra mi clavícula y sus gemidos vibrando contra mi piel, experimenté un poder que no había conocido en treinta y ocho años de vida: el poder de ser la causa del placer de otro. Un placer tan intenso que él cerraba los ojos y dejaba caer la cabeza y se convertía, por un instante, en algo que no era humano sino elemental, como el agua, como la sal, como el sonido de la campana de roca resonando en la noche.

Después, él hizo lo mismo por mí. Con las manos primero, luego con la boca, hundiéndose bajo el agua con esa capacidad sobrenatural de contener la respiración que yo había notado desde el principio. La sensación de su lengua y sus labios bajo la superficie del mar, mientras las estrellas ardían encima de mí y la arena se escurría entre mis dedos crispados, fue tan intensa que creí que moriría. No metafóricamente. Creí que mi corazón se detendría y que me encontrarían flotando en aquella playa secreta con una expresión de éxtasis en el rostro, y que nadie podría explicar qué hacía un profesor de literatura de Guadalajara, desnudo y muerto, en una cala a la que solo se podía llegar cruzando rocas mortales con la marea alta.

♦ ♦ ♦

No morí. Pero algo en mí murió esa noche, y algo nació en su lugar: una criatura hambrienta, desesperada, capaz de cualquier cosa con tal de volver a sentir lo que Héctor me hacía sentir.

En algún momento, tendido en la arena con su cabeza sobre mi pecho, le acaricié el cuello. Mis dedos encontraron la marca: una línea horizontal debajo de la mandíbula, más clara que el resto de su piel. Al tocarla, un frío mineral me subió por las yemas hasta la muñeca. Y llegó de nuevo aquel olor —no sal, no algas, sino cuerda vieja, cáñamo podrido, soga de la que usan los pescadores para anclar las pangas—. Lo aparté de un gesto involuntario.

—¿Qué es esto? —pregunté, tocándole la marca.

—Un recuerdo —dijo. Y me apartó la mano con suavidad, y me besó, y no pregunté más.

A la mañana siguiente, en el espejo roto del baño, vi que la picazón en mi cuello había dejado de ser solo picazón. Había una línea roja, fina como un hilo, que me rodeaba la garganta justo debajo de la nuez. Parecía una rozadura. La atribuí al sol, a la sal, a un roce con alguna rama durante la caminata nocturna.

No le di importancia. No quise dársela.

♦ ♦ ♦

Regresamos al Boquerón cuatro noches más, y cada noche Héctor me llevó más lejos. Más lejos en el sentido físico —más profundo en el agua, más cerca de la Piedra de la Campana, donde el oleaje era más fuerte y el tañido vibraba en nuestros cuerpos como un segundo corazón—, y más lejos en el sentido de la entrega. La tercera noche me penetró por primera vez, de pie en el agua, con mis manos aferradas a una roca y su pecho contra mi espalda y su boca en mi nuca, y el dolor inicial dio paso a algo que no tengo vocabulario para describir, un placer tan profundo que parecía venir no de mi cuerpo sino de algún lugar anterior a mi cuerpo, de alguna memoria celular que llevaba eones esperando ser despertada. Grité. Mi grito rebotó contra el acantilado y la Piedra de la Campana respondió con uno de sus tañidos, como si aprobara, como si celebrara, y Héctor se rio contra mi piel con esa risa suya —baja, oscura, submarina— y susurró en mi oído: «Eso, ansina, ya es mío.»

Y lo era. Lo fui desde el primer momento, aunque tardé en comprenderlo.

La mañana después de esa noche, mientras me lavaba la cara, mis dedos encontraron la marca en mi cuello. Ya no era roja. Era rosada, ligeramente hundida, como la cicatriz de una quemadura vieja. No me dolía. Pero cuando la tocaba, sentía en la garganta un eco de presión, como si algo la rodeara y apretara suavemente. La sensación desaparecía cuando retiraba los dedos.

Empecé a usar camisas con cuello. En un pueblo donde todo el mundo andaba en camiseta o sin camisa, yo me abotonaba hasta la garganta como un funcionario de oficina. Doña Refugio me miraba con ese gesto suyo entre la compasión y el miedo.

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