Josué
Acto II
Su casa estaba arriba del cerro, al final de un camino empedrado bordeado de buganvilias y plátanos que la selva empezaba a reclamar. Era una construcción de piedra y madera tropical con una terraza abierta hacia la bahía, y desde ella se veían las Islas Marietas flotando en el horizonte como fragmentos de un continente que se hubiera roto y alejado del mundo. También se veía, más cerca, en el cerro opuesto, el panteón con sus cruces asomando entre la vegetación. Leandro no pareció advertir la ironía de vivir equidistante entre el océano y un cementerio, o quizá la había advertido tanto tiempo atrás que ya no le importaba.
Los muebles eran de calidad —madera oscura, artesanales, piezas que costaban más de lo que un surfista sin empleo aparente podría pagar—, y las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro: paisajes costeros, composiciones abstractas de arena y luz, el tipo de trabajo que podría colgar en una galería sin desentonar. Pero entre esos paisajes había retratos. Cinco o seis, distribuidos con aparente descuido, cada uno mostrando a un hombre joven fotografiado con una intimidad que excedía lo documental: primeros planos donde la textura de la piel y la dirección de la mirada revelaban una cercanía que solo se logra cuando el sujeto confía absolutamente en quien sostiene la cámara. Le pregunté si las había tomado él. Cambió de tema ofreciéndome mezcal.
Bebimos en la terraza mientras el cielo enrojecía. Lo observé sin disimulo porque ya había cruzado el punto donde el disimulo sirve de algo, y él se dejó observar con una quietud que no era pasividad sino algo más perturbador: la paciencia del que conoce un guion y espera a que el otro llegue a la línea que le toca. Cuando oscureció, entré a la sala, caminé hacia donde estaba sentado y me arrodillé frente a él. Leandro me miró desde arriba con esos ojos grises inmóviles.
—¿Estás seguro? —preguntó, y la pregunta no era sobre esa noche sino sobre todo lo que vendría después, como si pudiera ver las consecuencias de mi decisión desplegadas ante él con la claridad de una radiografía.
—Sí —dije.
Me levantó sin esfuerzo y me llevó a la habitación. La cama era amplia, con sábanas blancas, y un ventanal abierto dejaba entrar el ruido del oleaje y el olor de la madreselva que trepaba por la pared exterior. Pero había algo más en el aire —ese rastro químico que yo ya reconocía, esa nota extraña bajo el aroma de sal y vegetación— que debería haberme alertado y que interpreté como misterio, como profundidad, como la evidencia de algo que Leandro aún no me revelaba y que yo quería arrancarle con los dientes.
Lo desvestí con manos que por primera vez en meses no temblaban. Mis dedos desabotonaron sus jeans con una destreza que perdía en el anfiteatro de disección, y cuando quedó desnudo, mi mirada hizo lo que había aprendido a hacer en la facultad: registrar. Los trapecios, los deltoides marcados por años de remo contra el oleaje, la línea alba descendiendo hacia la pelvis, el vello oscuro trazando un camino desde el ombligo. Y la cicatriz: un trazo limpio de quince centímetros en el costado izquierdo, demasiado preciso para un accidente, demasiado recto para una pelea. Una incisión hecha con instrumento afilado por alguien que sabía lo que hacía. No pregunté. No quise saber.
Lo empujé sobre la cama. Recorrí su pecho con la boca, deteniéndome donde las costillas se adivinan bajo el músculo, descendiendo por el abdomen, siguiendo la cicatriz con la lengua como si pudiera leer en ella la historia que él se negaba a contarme. Leandro cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, y sus manos —esas manos firmes cuya calma era un enigma que yo mordía sin poder romper— se cerraron sobre las sábanas con una fuerza que las blanqueó en los nudillos. No gritaba ni gemía con la exhibición de los cuerpos que yo había conocido antes; emitía un sonido bajo, continuo, casi un murmullo, que vibraba en su pecho y que sentí contra mis labios cuando bajé hasta el límite donde la cicatriz terminaba y la piel se volvía más suave, más caliente, y seguí descendiendo.
Fue mi boca la que lo tomó. Mis manos las que dictaron el ritmo. Mi hambre la que dirigía cada movimiento mientras él se arqueaba contra las sábanas con una entrega que contradecía su contención habitual, y yo registraba —la maldita clínica no se apagaba ni en la oscuridad— la respuesta fisiológica de su cuerpo con la misma atención con que habría registrado un fenómeno en el laboratorio: la dilatación de las pupilas, la aceleración del pulso bajo mi lengua, la contracción involuntaria de los músculos abdominales. Pero el vocabulario se desmoronaba a medida que su cuerpo respondía al mío. Ya no eran músculos ni fascias ni terminaciones nerviosas: era Leandro, entero, real, y su sabor era sal y piel y algo que no tenía nombre en ningún atlas, algo mineral y profundo que evocaba el fondo del océano donde la luz no llega.
Cuando me tocó a mí —con una pericia que excedía la experiencia sexual ordinaria, con un conocimiento de los puntos donde los nervios se agrupan y la piel se vuelve hipersensible que me inquietó tanto como me enloqueció— descubrí que podía sentir. No pensar. No analizar. Sentir. Sus dedos encontraron zonas de mi cuerpo que yo conocía de nombre, que podía señalar en un diagrama con los ojos cerrados —el plexo sacro, los dermatomas lumbares, la cara interna del muslo donde la arteria femoral late cerca de la superficie— y que sin embargo nunca había habitado, zonas que existían en los libros pero no en mi experiencia, y al tocarlas Leandro las convirtió en territorios que me pertenecían por primera vez. El placer ascendió con una intensidad que desbordaba cualquier marco clínico, y cuando terminé, temblando contra su pecho, con el rostro hundido en su cuello y los ojos cerrados y el cerebro en blanco por primera vez en meses, pensé: esto es lo que Lacan llamaba jouissance. Ese goce que excede al placer. Que duele. Que destruye.
Mi madre lo habría llamado transferencia. Un objeto sustituto para un deseo que no podía nombrarse. Tenía razón y estaba equivocada al mismo tiempo, porque lo que sucedía con Leandro no podía reducirse a un esquema, igual que un incendio no puede reducirse a la ecuación química de la combustión: la fórmula explica el proceso pero no dice nada sobre la temperatura, ni sobre el color de las llamas, ni sobre lo que se siente cuando te queman.
Los días se disolvieron. Dejé de contar las noches porque cada una era una variación del mismo derrumbe, y cada mañana despertaba en su cama con la certeza de que el temblor de mis manos desaparecía mientras lo tocaba y volvía en cuanto me alejaba, como si él fuera el único fármaco que mi sistema nervioso aceptaba y la abstenencia comenzara en el instante mismo de la separación. Empecé a dormir exclusivamente en su casa. Dejé de bajar al pueblo. Mi mundo se contrajo al perímetro de sus paredes y de su piel, y dentro de ese perímetro todo tenía sentido —un sentido febril, insostenible, pero sentido al fin— y fuera de él, nada.
Fue durante esa contracción cuando empecé a notar lo que debí haber notado desde el principio.
La puerta al final del pasillo. Madera oscura, más pesada que el resto, siempre cerrada con llave. Leandro pasaba frente a ella sin detenerse, sin mirarla, con la misma naturalidad con que se pasa frente a una pared ciega, y yo aprendí a imitarlo: a no preguntar, a desviar la mirada, a construir alrededor de esa puerta un silencio que era también una forma de complicidad. Pero la notaba. Como un punto ciego en la visión periférica, la puerta existía precisamente porque yo intentaba no verla.
Luego estaban las llamadas. Llegaban a horas que no respetaban ningún patrón: medianoche, las tres de la mañana, el amanecer. El teléfono vibraba sobre la mesita de noche y Leandro se levantaba de la cama con un movimiento que no hacía ruido —ningún ruido, como si hubiera aprendido a moverse sin alterar el aire— y salía a la terraza y contestaba en voz baja, monosílabos que yo no lograba descifrar por más que aguzara el oído. A veces se vestía después de la llamada y se marchaba, y no regresaba hasta el amanecer o más tarde, y cuando volvía olía a ese químico —más fuerte, más definido, un olor que ahora reconocía sin ambigüedad como antiséptico, como quirófano, como las manos de mi madre cuando llegaba del hospital— y su piel estaba fría y sus ojos tenían una opacidad que tardaba horas en disiparse. Se metía en la cama sin explicar, me abrazaba con una firmeza que no era ternura sino algo más urgente —la necesidad de agarrarse a algo vivo, de anclarse al calor de otro cuerpo—, y yo lo dejaba, y lo abrazaba de vuelta, y no preguntaba.
Mi madre habría señalado que eso es, precisamente, repetición compulsiva: elegir una y otra vez el mismo patrón doloroso no a pesar de sino porque duele, porque el dolor es conocido y lo conocido es preferible al vacío. Mi padre fue un hombre que estaba presente sin estar disponible —un cuerpo en la casa que no ofrecía nada de lo que un cuerpo puede ofrecer— y aquí estaba yo, veinticuatro años después, aferrado a otro hombre cuya presencia era una forma elaborada de ausencia. Lo sabía. Lo veía con la claridad brutal de quien ha crecido entre interpretaciones como otros crecen entre juguetes. Pero el diagnóstico —perfecto, impecable, digno de publicación— no cambiaba absolutamente nada, del mismo modo en que conocer el nombre de una enfermedad no la cura.
Una tarde en que Leandro salió a surfear encontré la llave. Estaba en el cajón de su mesa de noche, bajo un libro —Pedro Páramo, con el lomo roto y las páginas amarillentas—, y la encontré no porque la buscara sino porque el libro se había caído mientras yo cambiaba las sábanas, un gesto doméstico que había adoptado sin pensarlo. La llave era pequeña, de bronce envejecido, sin etiqueta. La sostuve en la palma de la mano durante un tiempo que no medí, sintiendo su peso, su temperatura, la certeza de que cruzar el pasillo y usarla sería cruzar un umbral del que no habría retorno. La usé.
La habitación del fondo no era un dormitorio ni un estudio. Era un espacio clínico, aséptico, iluminado por una luz cenital que se encendió automáticamente al abrir la puerta, lámparas de espectro completo que bañaban todo con claridad. En el centro había una mesa de acero inoxidable —no una mesa, una camilla, el tipo de camilla que se usa en las salas de autopsia o en los quirófanos, con canales para el drenaje de fluidos y superficies ajustables—. Estaba vacía pero no limpia: tenía las marcas del uso, ralladuras finas, manchas que el blanqueador había atenuado pero no borrado del todo. A un lado, un armario metálico. Al otro, un estante con frascos etiquetados en una caligrafía que no era la de Leandro, frascos que contenían líquidos transparentes o ambarinos, y algunos con algo más denso, más oscuro.
Y en el escritorio, carpetas. Carpetas negras, organizadas por fecha, cada una con una etiqueta discreta en el lomo. Las abrí con manos que habían dejado de temblar —mis manos estaban perfectamente quietas, con la quietud de las manos que han encontrado exactamente lo que buscaban sin saberlo—.
Fotografías. Primeros planos de rostros, de cuerpos dispuestos sobre superficies de acero, iluminados con esa misma luz cenital. Los sujetos estaban inmóviles, los ojos cerrados, la piel con esa palidez cérea que reconocí de inmediato porque la había visto en el anfiteatro durante cuatro años: la lividez post mortem, la decoloración que comienza en las extremidades y avanza hacia el tronco, el signo inconfundible de que la sangre ha dejado de circular. Eran fotografías de documentación, técnicas, precisas, tomadas desde ángulos múltiples como se documenta una autopsia. Y en cada carpeta, junto a las imágenes, había notas manuscritas —hora, fecha, causa probable, condición del cuerpo— escritas con la misma caligrafía de los frascos. Un técnico de la desaparición.
Debería haber sentido horror. Debería haber cerrado las carpetas, salido de la habitación, huido de la casa y de Sayulita y de la costa entera. Mi entrenamiento médico me daba el marco para entender lo que estaba viendo: esto no era una colección de fotografías artísticas ni un proyecto académico. Esto era evidencia. El trabajo de alguien que manejaba cuerpos después de que dejaban de ser personas, alguien que los preparaba, los documentaba, los procesaba.
Pero lo que sentí no fue horror. Fue excitación.
La sensación me subió por el vientre con la misma urgencia con que me había subido cuando Leandro me tocaba, pero esta vez no había contacto físico, no había piel contra piel, solo las fotografías y la camilla vacía y el olor a antiséptico que saturaba el aire de la habitación. Me apoyé contra el escritorio porque las piernas me temblaban —no de miedo sino de algo que no tenía nombre en el vocabulario clínico ni en el psicoanalítico—.
Me vi a mí mismo en esa camilla. La imagen se formó con la nitidez de una alucinación, pero no era alucinación: era proyección, era deseo, era la culminación lógica de todo lo que había empezado en el anfiteatro de disección cuando mis manos se hundieron en la cavidad torácica de un cadáver y algo en mí reconoció que ese era el único lugar donde quería estar. Me vi tendido sobre el acero, inmóvil, con la luz cenital bañándome el cuerpo desnudo, y las manos de Leandro —esas manos firmes, precisas, que conocían cada punto donde la piel se vuelve hipersensible— recorriéndome no con deseo sexual sino con el interés clínico del que examina, del que documenta, del que convierte el cuerpo en objeto de estudio y en el proceso lo despoja de todo lo que lo hace vulnerable: la voluntad, el miedo, la capacidad de temblar.
La excitación se intensificó hasta volverse insoportable. Me descubrí con una mano apretando el borde del escritorio y la otra sobre mi propio vientre, presionando, como si pudiera contener desde afuera lo que me desbordaba desde adentro. La imagen en mi cabeza se refinaba, se completaba: Leandro inclinándose sobre mí, sus dedos tocando mi cuello para verificar la ausencia de pulso, su otra mano sosteniendo una cámara para documentar el ángulo exacto de mi mandíbula bajo esa luz, el modo en que mis manos —mis manos que habían temblado durante meses— yacerían por fin quietas, permanentemente quietas, con la quietud definitiva de lo que ha dejado de resistirse.
No era una fantasía de muerte. Era una fantasía de control absoluto. De rendición total. De convertirme en el objeto que siempre había mirado desde afuera —el cuerpo en la mesa de disección— y descubrir que del otro lado de esa frontera, en ese estado de quietud mineral, no había sufrimiento sino paz. La paz de lo que ya no necesita justificar su presencia, ni explicar su temblor, ni mantener la ficción de que está vivo cuando lo único que quiere es detenerse.
Me corrí sin tocarme, apretando el borde del escritorio con las dos manos, con los ojos cerrados y la boca abierta en un grito que no salió, y la intensidad fue tan brutal que tuve que sentarme en el suelo cuando terminó, jadeando, con las piernas abiertas y la espalda contra el armario metálico y la certeza absoluta de que acababa de descubrir algo sobre mí mismo que ninguna terapia podría curar porque no era una enfermedad sino la cura misma.
Leandro había encontrado lo que yo buscaba. No el amor, no la compañía, no la redención. Había encontrado el complemento exacto de mi obsesión: él era el que hacía lo que yo solo podía contemplar, el que cruzaba la línea que yo miraba desde lejos, el que tenía las herramientas y el conocimiento y la frialdad necesaria para convertir el deseo en acto. Y si me quedaba con él, si me entregaba a él completamente, algún día yo también estaría en esa camilla, y sus manos harían conmigo lo que hacían con los otros.
Oí la puerta de la casa abrirse. Los pasos de Leandro subiendo las escaleras. Me levanté del suelo, me limpié con un pañuelo de papel que encontré en el escritorio, cerré las carpetas, salí de la habitación y cerré la puerta con llave. Volví a dejar la llave en el cajón de la mesa de noche, debajo de Pedro Páramo. Cuando Leandro entró en el cuarto, yo estaba sentado en la cama con un libro abierto en las manos —no recuerdo cuál, no leía, solo sostenía el libro como se sostiene una máscara—.
Me miró. Sus ojos grises recorrieron mi rostro con esa atención que no perdona ningún detalle, y supe que sabía. Sabía que había entrado en la habitación. Sabía que había visto las carpetas. Sabía lo que me había provocado verlas. Y en lugar de confrontarme, en lugar de expulsarme, se acercó y se arrodillé frente a mí y puso las manos sobre mis rodillas con una ternura que era también posesión.
—¿Lo viste? —preguntó.
—Sí.
—¿Y te vas a ir?
La pregunta contenía la respuesta. Me estaba ofreciendo la salida. Me estaba dando la oportunidad de huir. Y supe, con la misma certeza con que había sabido que me quedaría antes incluso de abrir esa puerta, que no iba a irme.
—No —dije—. No me voy.
Leandro asintió. No había sorpresa en su rostro, ni alivio, ni ninguna de las emociones que yo habría esperado. Solo ese reconocimiento tranquilo del que confirma lo que ya sabía, del que ha leído el final antes de llegar a él.
—¿Por qué? —preguntó.
Y yo le dije la verdad. La verdad que no le había dicho a mi madre ni a los terapeutas ni a nadie porque no había tenido el lenguaje para nombrarla hasta ese momento.
—Porque contigo mis manos no tiemblan —dije—. Y si algún día me pones en esa mesa, tampoco van a temblar nunca más.