Noé

Acto II

Los vi desde el primer día. Era imposible no verlos. Poblaban la playa como una especie aparte, una subcultura con sus propios códigos, su propio lenguaje, su propia relación con el tiempo y el espacio. Se levantaban al amanecer —o no se acostaban en absoluto— y bajaban a la playa con sus tablas bajo el brazo, y entraban al mar con la naturalidad de quien entra en su elemento, de quien regresa a un medio del que fue exiliado al nacer y al que vuelve cada mañana con la gratitud silenciosa del desterrado que recupera, aunque sea por unas horas, su patria.

Yo los observaba desde la orilla, sentado en la arena con mi computadora sobre las rodillas —pantalla ilegible bajo el sol, pero el gesto de trabajar me proporcionaba una coartada, una justificación para estar ahí, mirando—. Los observaba con la avidez del traductor que enfrenta un idioma nuevo: intentando descifrar la gramática de sus movimientos, la sintaxis de sus cuerpos sobre el agua. La forma en que leían la ola —esa lectura instantánea, prelógica, que no pasa por el intelecto sino por los músculos y los huesos— me fascinaba con la misma intensidad con que me fascinaba un párrafo particularmente complejo del novelista norteamericano: aquí había un texto que yo no sabía traducir, un significado encerrado en una forma que se me resistía.

Eran, en su mayoría, jóvenes. Bronceados, fibrosos, con el cabello endurecido por la sal y la piel curtida por el sol y el salitre. Había mexicanos —locales, chilangos, tapatíos— y extranjeros: norteamericanos, australianos, brasileños, europeos de nacionalidad indeterminable cuyas pieles adquirían, bajo el sol nayarita, tonalidades que iban del rojo langosta al dorado mitológico. Se movían por el pueblo en grupos fluidos, intercambiables, con esa camaradería física de quienes comparten un placer que no requiere explicación, y por las noches se congregaban en los bares de la calle del Palmar, donde la cerveza costaba la mitad que en la playa y la música —reggae, cumbia, rock— se mezclaba con el sonido del oleaje y las conversaciones en cinco idiomas y el zumbido de los mosquitos que atacaban los tobillos con la disciplina de un ejército bien organizado.

Lo vi a él por primera vez en la ola.

Debo ser preciso. La precisión es lo único que me queda, la única herramienta que la resaca no me ha arrebatado todavía, y la usaré con el rigor del cirujano que opera sabiendo que el paciente ya está muerto pero que continúa cortando porque el corte, el acto de cortar, es lo único que sabe hacer.

Era la tarde de mi tercer día en Sayulita. El sol comenzaba a descender hacia el horizonte, pero el calor no cedía —nunca cedía, en esos días de junio; el calor era una condición permanente, un estado del ser, no del clima—, y yo estaba sentado en mi lugar habitual, en la parte sur de la playa, cerca de las rocas donde las olas rompen con más fuerza y donde los surfistas más hábiles buscan los tubos. Lo vi tomar una ola. No de pie todavía: primero el remo, los brazos hundidos en el agua a cada lado de la tabla con un movimiento que no era frenético sino calibrado, rítmico, como el de un corazón que se prepara para la sístole. Luego el impulso de la ola levantándolo, la tabla acelerando, y entonces —en un movimiento tan fluido que parecía no un acto sino un estado, no algo que él hacía sino algo que él era— se puso de pie.

Era joven. Acaso veinticinco años. Moreno, de un moreno que el sol no había oscurecido sino pulido, como el agua pule la piedra del río hasta darle un brillo que no es de la superficie sino de la profundidad. Delgado pero con esa musculatura larga, funcional, no decorativa, que el surf y la natación esculpen: hombros amplios, cintura estrecha, piernas arqueadas con la leve curvatura del jinete o del marinero, de quien ha aprendido a mantener el equilibrio sobre superficies inestables. Llevaba un bañador corto, negro, y nada más. El cabello oscuro, largo hasta los hombros, se le pegaba al cráneo con el agua y le caía en mechones sobre la cara, y él lo apartaba con un movimiento de la cabeza que era, simultáneamente, un gesto práctico y una coreografía involuntaria de una belleza que me cortó el aliento con la limpieza de un bisturí.

Cabalgó la ola hasta la orilla. La tabla frenó en la espuma y él saltó al agua, que le llegaba a las rodillas, y caminó hacia la playa con la tabla bajo el brazo, y al pasar frente a mí —a menos de tres metros, lo suficientemente cerca para que yo viera las gotas de agua corriéndole por el pecho como una escritura líquida que se borraba al secarse—, me miró. Fue una mirada breve, sin intención aparente, la mirada del animal que registra la presencia de otro animal en su territorio sin asignarle categoría de amenaza ni de interés. Pero en esa brevedad yo leí —traduje, interpreté, proyecté— un volumen entero.

Se llamaba Noé. Lo supe esa misma noche, en un bar del Palmar donde fui a beber solo y donde lo encontré, o él me encontró, o el pueblo —ese pueblo pequeño como una trampa, ese pueblo donde las mismas calles conducen siempre a los mismos puntos— nos colocó uno junto al otro con la indiferencia de un tahúr que reparte cartas sin importarle quién gana y quién pierde.

Estaba en la barra, con una cerveza, y yo me senté a dos taburetes de distancia, y él me reconoció.

—Tú eres el de la laptop en la playa —dijo. No preguntó: afirmó, con la seguridad del que está acostumbrado a ver y ser visto, a catalogar el paisaje humano de la playa con la misma eficiencia con que cataloga las olas.

—Sí —respondí—. Estoy trabajando.

—¿Trabajando en la playa? —Se rio. Una risa fácil, abierta, sin la reserva que yo había encontrado en otros hombres de la costa. Una risa de quien ha crecido entre turistas y ha aprendido a tratar con extraños con la soltura del comerciante que sabe que toda interacción es, potencialmente, una transacción—. ¿Y qué trabajas?

—Traduzco libros.

—Ah, cabrón. ¿Del inglés?

—Del inglés.

—Yo hablo inglés. Bueno, lo chapurreo. Es que aquí si no hablas inglés no comes. La mitad de mis clientes son gringos.

—¿Clientes?

—Doy clases de surf.

Clases de surf. La frase activó en mi mente una cascada de imágenes que tuve que reprimir con la violencia del hombre que cierra una compuerta para evitar la inundación: imágenes de manos corrigiendo una postura, de cuerpos en proximidad sobre la tabla, de la intimidad física que la enseñanza de un deporte acuático exige y que la convención social acepta como inocente, como funcional, como desprovista de la carga eléctrica que yo —sólo yo, siempre yo— le asignaba.

Hablamos. Supe que era de Sayulita, nacido y criado, hijo de un pescador que ahora manejaba un taxi y de una mujer que vendía empanadas de camarón en la playa. Supe que había aprendido a surfear a los nueve años, con una tabla prestada que le quedaba grande, y que desde los dieciocho vivía de enseñar a turistas los fundamentos del deporte. Supe que había viajado: Oaxaca, Baja California, Costa Rica, una vez Bali con el dinero ahorrado de tres temporadas altas. Supe que leía —poco, sin sistema, con la voracidad indiscriminada del autodidacta— y que su libro favorito era El viejo y el mar, dato que me hizo sonreír con una mezcla de ternura y condescendencia que me avergonzó en el acto. Supe que vivía solo en un cuarto alquilado cerca del panteón, en la parte alta del pueblo, no lejos de mi propio bungaló.

—¿Cerca del panteón? —pregunté.

—Sí. No me da miedo. Los muertos son tranquilos. Los vivos son los que hacen ruido.

Se rio de nuevo, y yo me reí con él, y la risa compartida creó entre nosotros una burbuja de complicidad que era, lo sé ahora, el primer tirón de la resaca: suave, casi imperceptible, fácil de confundir con el movimiento natural del agua.

Le ofrecí una cerveza. Aceptó. Le ofrecí otra. Aceptó. En algún momento, la conversación derivó hacia territorios que yo no había planeado pero que mi instinto de traductor —ese olfato para las equivalencias ocultas, para los significados que se esconden debajo de los significados— detectó como fértiles. Me habló del mar. No con la jerga técnica del surfista profesional sino con algo más extraño, más personal: una especie de teología acuática, un sistema de creencias no formulado pero profundamente sentido, según el cual el mar no era un espacio ni un recurso ni un paisaje sino una entidad consciente, caprichosa, con voluntad propia y con una memoria que abarcaba eras geológicas.

—El mar te conoce —dijo, y la cerveza le había suavizado la dicción sin embotarla, dándole a sus palabras una cualidad redondeada, musical—. Cuando entras al agua, el mar te lee. Sabe si le tienes miedo. Sabe si lo respetas. Sabe si vienes a tomarte una foto o a surfear de verdad. Y según lo que lee, te trata.

—¿Y cómo te trata a ti?

Me miró. En la penumbra del bar, iluminado por una serie de focos de colores que le daban a su rostro una cualidad de vitral, sus ojos eran casi negros, con un brillo líquido que me recordó —la asociación fue involuntaria, inmediata— la superficie del mar al atardecer, cuando la luz se concentra en un solo punto y el resto del agua se oscurece.

—A mí me trata bien. Porque yo le doy lo que pide.

—¿Y qué pide?

Se encogió de hombros.

—Depende del día. A veces pide que entres. A veces pide que te quedes fuera. Y a veces pide algo que no puedes darle sin perderte.

No pregunté qué era ese algo. No hacía falta. La frase se quedó suspendida entre nosotros como el humo de mi cigarro, y cuando nos despedimos —en la calle, bajo un cielo nublado que ocultaba las estrellas y exhalaba un vaho caliente y salino—, me dio la mano, y el contacto de su palma —callosa, áspera, endurecida por años de agarrar la tabla y la cuerda y el remo— contra la mía fue como el contacto de dos idiomas que se tocan sin traducirse: un roce que promete significado y no lo entrega.

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